Una ley sin brújula: turismo peruano con normas y sin diagnóstico
Por: Oscar Gamarra Domínguez, Licenciado en turismo y Hotelería
En medio del
entusiasmo parlamentario por aprobar una nueva Ley General de Turismo, vale la
pena preguntarnos si este cambio normativo responde realmente a las profundas
transformaciones que requiere el sector. La respuesta, lamentablemente, es no.
La propuesta legislativa que hoy se presenta como “renovadora” sigue siendo, en
esencia, una ampliación técnica de la Ley N.º 29408, aprobada en 2009. Si bien
incorpora nuevas categorías, sistemas de información, enfoques de
sostenibilidad e innovación, no enfrenta los principales cuellos de botella que
limitan el desarrollo del turismo peruano.
La Coordinación Interinstitucional sigue
siendo una ficción
Uno de los principales
problemas que arrastra el turismo en Perú es su escasa articulación
multisectorial. ¿Cómo aspiramos a un verdadero desarrollo turístico si los
grandes temas —patrimonio, naturaleza, infraestructura, conectividad— siguen
fuera del alcance real del ente rector, el MINCETUR?
La propuesta
legislativa no establece mecanismos operativos que aseguren la coordinación
efectiva con el Ministerio de Cultura, el Ministerio del Ambiente o el
Ministerio de Transportes y Comunicaciones, actores fundamentales para la
puesta en valor del patrimonio, la gestión de áreas naturales protegidas o la
mejora de accesos a destinos. El Comité Consultivo Regional o los entes
gestores de destino son fórmulas vagas si no se acompañan de compromisos
vinculantes y presupuestos compartidos. Cambiar la ley sin cambiar la forma de
gobernar el turismo es una reforma incompleta.
Tampoco se aborda el
problema de fondo de la pobre o nula coordinación intrasectorial entre los
niveles de gobierno. En ausencia de una estructura jerárquica de orden superior
—quizás desde la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM)—, toda coordinación
se vuelve un saludo a la bandera.
¿Y la Profesionalización del sector?
Es sorprendente —y
preocupante— que la nueva ley no mencione en absoluto a los colegios
profesionales de turismo, ni reconozca su rol en la validación, vigilancia y
promoción del ejercicio profesional. En un sector donde la calidad de los
servicios está directamente ligada a la formación del capital humano, la
omisión del rol profesional resulta un retroceso.
Los colegios
profesionales de turismo no solo acreditan capacidades; también construyen
ciudadanía turística, ética profesional y responsabilidad ante el patrimonio.
Su exclusión de la norma denota una visión que aún privilegia al turismo como
actividad económica, pero no como sistema cultural ni profesional.
Planeamiento sin horizonte ni prioridades
Otro de los vacíos más
notables es la superficialidad del planeamiento estratégico. El PENTUR y los
PERTUR no proyectan una visión de mediano o largo plazo como requiere el
sector. Tampoco desarrollan con la profundidad necesaria la priorización de
intervenciones en regiones que requieren urgentemente una reactivación
turística, como el caso del Circuito Turístico Nor Oriental (CTN). Basta
recordar el Plan Maestro de Desarrollo Turístico elaborado por JICA en los años
90, donde ya se planteaba un enfoque territorial claro y bien estructurado.
A ello se suma la
necesidad imperiosa de fortalecer a las regiones —a través de las DIRCETURES— y
a los gobiernos locales con potencial turístico. No es posible avanzar sin
dotar a estos niveles de gobierno de capacidades técnicas, presupuestales y de
gestión que les permitan planificar, promocionar y ejecutar inversiones
públicas de manera adecuada. Las regiones deben ser protagonistas de la
transformación turística, y no meros ejecutores de decisiones tomadas desde el
nivel central.
No se trata solo de
cambiar el texto de la ley. Se trata de cambiar la arquitectura del turismo en
el Perú. Sin articulación interinstitucional, sin coordinación real entre
niveles de gobierno, sin visión estratégica territorial y sin fortalecer el
capital humano para la gestión, el emprendimiento y la competitividad de los
destinos turísticos —tanto internos como receptivos—, ninguna norma logrará
movilizar el enorme potencial turístico del país.
Sí, el Perú necesita
una nueva Ley General de Turismo, pero no una que nazca solo desde el
escritorio. Debe estar precedida por un análisis más profundo del sector, que
permita entender las verdaderas razones del desorden en el crecimiento
turístico del país. Necesitamos una ley que parta del diagnóstico real del
territorio: ¿por qué seguimos con tasas tan altas de informalidad? ¿Cómo se
puede mejorar la interconexión regional y multimodal de los destinos
turísticos, conectando no solo con Lima, sino entre los propios circuitos del
país? ¿Cuál ha sido el impacto y la eficacia de las inversiones realizadas por
COPESCO desde la promulgación de la Ley N.º 27889 en 2002, que destina recursos
para la instalación de servicios turísticos públicos? Estas preguntas deben
responderse antes de diseñar cualquier norma. Una ley sin diagnóstico es solo
un cambio de forma sin transformación de fondo.
Quizás ha llegado el
momento de pensar en la creación de una Autoridad Nacional de Turismo
con competencias suficientes para articular y ejecutar acciones
multisectoriales en zonas de prioridad nacional. Sin este nivel de decisión,
seguiremos atrapados entre el potencial y la parálisis.
Asimismo, la nueva ley
debe también establecer un marco jurídico robusto que incentive y facilite la
inversión pública y privada orientada al desarrollo de nuevos destinos
turísticos, promoviendo la diversificación de la oferta territorial y el
aprovechamiento sostenible de los recursos turísticos. Esta normativa debe
priorizar la puesta en valor de los atractivos naturales, culturales y
vivenciales del país, tanto para el fortalecimiento del turismo interno como
para la consolidación del turismo receptivo, articulando estas inversiones a
las ventajas comparativas y competitivas que posee el Perú.
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