sábado, 5 de septiembre de 2026

Entes Gestores de Destino: ¿el siguiente paso de la gobernanza turística en el Perú?


En un artículo anterior, a propósito de mi participación en el III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo, compartí algunas reflexiones sobre las dificultades que todavía tenemos para convertir la participación y la concertación en una verdadera gobernanza turística. Los Consejos Consultivos Regionales de Turismo (CCRT) cumplen una función necesaria de consulta, coordinación y colaboración, pero la experiencia también demuestra que reunir actores, identificar problemas y alcanzar acuerdos no garantiza necesariamente que estos se conviertan en decisiones, presupuesto y acciones concretas.

En ese escenario aparece una de las incorporaciones que considero más importantes de la Nueva Ley General de Turismo: el reconocimiento del Ente Gestor de Destino (EGD). La Ley N.º 32392 lo define como un espacio de articulación entre actores públicos y privados encargado de gestionar y coordinar el desarrollo sostenible y competitivo de un destino turístico mediante la implementación de su Plan de Destino. La propia ley contempla, además, que pueda gestionar cooperación técnica nacional o internacional y otros instrumentos que permitan su autosostenimiento.

Me parece un avance importante del MINCETUR porque lleva al marco legal una discusión que el sector viene desarrollando desde hace muchos años: el turismo necesita ser gestionado desde el destino y no solamente desde las divisiones político-administrativas del Estado.

Quienes hemos trabajado durante años en planificación turística, gobiernos regionales y locales, cooperación, proyectos de inversión y desarrollo de destinos sabemos que el visitante no reconoce necesariamente los límites que la administración pública establece entre un distrito, una provincia o una región. El visitante se desplaza por un territorio en función de atractivos, servicios, actividades, conectividad y experiencias. En consecuencia, gestionar destinos exige articular instituciones que muchas veces tienen competencias, presupuestos y jurisdicciones diferentes.

La nueva ley nos brinda ahora una oportunidad para hacerlo mejor. Pero también considero que sería un error pensar que estamos comenzando de cero.

Ya intentamos gestionar destinos hace más de veinte años

La gestión de destinos tiene antecedentes importantes en el Perú. A comienzos de la década del 2000, diferentes programas de cooperación internacional comenzaron a promover modelos de articulación público-privada vinculados con el desarrollo turístico territorial. En ese proceso participaron la Cooperación Suiza–SECO y Swisscontact, pero también existieron intervenciones y acompañamiento de la cooperación alemana GTZ y del Servicio Holandés de Cooperación al Desarrollo (SNV), entre otros organismos.

Las experiencias no fueron exactamente iguales ni deben presentarse como si hubieran formado parte de un único programa. En el sur, el impulso más estructurado de las Organizaciones de Gestión de Destino (OGD) estuvo asociado al trabajo de SECO y Swisscontact. La documentación de la cooperación suiza señala que durante una fase piloto desarrollada entre octubre de 2003 y agosto de 2005 y una primera fase entre septiembre de 2005 y abril de 2009 se establecieron seis OGD en Cusco, Arequipa, Puno, Tacna, Moquegua y Apurímac, además de una instancia de coordinación macrorregional.

Mientras tanto, en otras zonas del país se desarrollaban diferentes mecanismos de articulación. El propio PENTUR 2008-2018 registraba que en la macrorregión norte funcionaban los Consejos Regionales de Turismo y el Consejo Noramazónico de Turismo, y señalaba expresamente el acompañamiento de SNV —Cooperación Holandesa— y GTZ —Cooperación Alemana— en esos procesos. En el sur, el mismo documento reconocía la creación de OGD y el apoyo de Swisscontact para su fortalecimiento institucional. El objetivo nacional empezaba entonces a orientarse hacia la consolidación de estas diferentes experiencias mediante un ente gestor por destino.

Esto es importante porque demuestra que la preocupación por encontrar una estructura adecuada de gobernanza turística territorial no es reciente. Ha formado parte de diferentes momentos de nuestra política turística y ha contado con participación del Estado, cooperación internacional, gobiernos subnacionales, gremios y empresas.

De hecho, la evaluación de aquella experiencia del sur contiene observaciones que, más de quince años después, mantienen sorprendente actualidad. Se identificaba como determinante la capacidad del gerente de la OGD, se advertían diferencias importantes en las capacidades de gestión de los territorios y se señalaba expresamente la necesidad de contar con un marco normativo apropiado para consolidar el modelo.

Precisamente allí está una de las grandes diferencias con el momento actual: hoy ese soporte legal existe.

De las OGD a los Entes Gestores

La evolución conceptual también resulta interesante. El proyecto Destinos del Perú, desarrollado con apoyo de la Cooperación Suiza–SECO, en convenio con MINCETUR y PROMPERÚ y ejecutado por Swisscontact, buscó institucionalizar las OGD como organismos de articulación público-privada. La sistematización posterior de esa experiencia señala que el modelo fue incorporándose a la política sectorial mediante el PENTUR y que posteriormente la denominación evolucionó hacia la figura de “ente gestor”.

Es decir, existe una línea de continuidad que vale la pena reconocer. No estamos frente a una idea importada recientemente ni ante una figura que apareció repentinamente en la Nueva Ley General de Turismo. Existe detrás de ella un proceso de aprendizaje institucional en el cual MINCETUR ha participado durante años y que hoy alcanza una condición que antes no tenía: reconocimiento legal expreso.

Las antiguas OGD dejaron además una enseñanza institucional particularmente importante. El modelo promovido entonces consideraba a las OGD como asociaciones privadas sin fines de lucro destinadas a articular políticas y estrategias regionales con el conocimiento y experiencia del sector privado.

La fórmula tenía una ventaja evidente: una asociación podía contar con personería jurídica, contratar profesionales, administrar recursos, suscribir convenios y mantener una estructura operativa. Pero también generaba una dificultad que quienes participamos de procesos público-privados conocemos bien: una cosa es que una entidad pública participe en un espacio de coordinación y otra distinta es que pueda integrarse institucionalmente a una asociación civil privada, aportar recursos o asumir obligaciones en igualdad de condiciones con sus asociados privados.

Este no es un problema menor. En realidad, toca el corazón mismo de la gobernanza público-privada.



La sostenibilidad fue una de las grandes dificultades

Otro aprendizaje de aquella etapa fue el financiamiento. Una parte importante del impulso inicial de las OGD provino de la cooperación internacional. Esto permitió contar con asistencia técnica, gerencias, equipos profesionales, metodologías, capacitación y acompañamiento durante el proceso de organización.

El problema apareció cuando hubo que responder una pregunta inevitable: ¿qué sucede cuando termina el proyecto de cooperación?

La sistematización de Destinos del Perú reconoce precisamente la sostenibilidad institucional y financiera como uno de los asuntos centrales del modelo. Incluso se estudiaron alternativas de financiamiento mediante recursos públicos y mecanismos de aporte voluntario del visitante, aunque esas propuestas no llegaron a aplicarse dentro del proyecto.

La experiencia merece ser revisada con detenimiento porque contiene una lección que no deberíamos perder. La cooperación internacional puede ayudar a iniciar un proceso, transferir metodología, fortalecer capacidades e incluso financiar temporalmente una estructura técnica, pero un modelo de gestión de destino debe ser capaz de sobrevivir cuando la cooperación se retira.

Este fue probablemente uno de los puntos débiles de varias experiencias anteriores. Algunas organizaciones perdieron capacidad operativa, otras redujeron considerablemente su actividad y otras finalmente quedaron inactivas. El problema no necesariamente estuvo en el concepto de OGD, sino en haber construido estructuras cuya sostenibilidad posterior era difícil de garantizar.

Hoy tenemos una oportunidad diferente

La situación actual es distinta. En octubre de 2023, MINCETUR aprobó mediante la Resolución Ministerial N.º 285-2023-MINCETUR las Disposiciones para la Gobernanza y Gestión de los Destinos Turísticos. Estas establecieron cuatro etapas: identificación y caracterización del destino, gobernanza, modelo de gestión y planificación, incluyendo la conformación de Entes Gestores y la elaboración de Planes de Destino.

Posteriormente, la Nueva Ley General de Turismo dio un paso adicional al reconocer expresamente al EGD dentro de la legislación turística. Ya no estamos únicamente frente a un modelo metodológico o una experiencia promovida mediante cooperación internacional. Existe ahora una figura reconocida por ley.

MINCETUR tiene además una ventaja que no existía hace veinte años: puede construir las nuevas disposiciones mirando hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Puede revisar la experiencia de las antiguas OGD, evaluar lo aprendido desde las disposiciones de 2023 y analizar los resultados de los primeros EGD que vienen conformándose bajo este nuevo proceso. Por ejemplo, el Ente Gestor de Arequipa fue conformado en octubre de 2024 y obtuvo reconocimiento oficial del MINCETUR en 2025.

No deberíamos desaprovechar esa acumulación de experiencia.

¿Quién debe conducir técnicamente el Ente Gestor?

Uno de los aspectos que considero necesario definir con claridad en las nuevas disposiciones es la Secretaría Técnica.

Desde mi experiencia profesional en gestión pública, gobiernos regionales y locales, cooperación internacional, planificación turística, proyectos y articulación público-privada, considero que la Secretaría Técnica no debería recaer automáticamente en una institución pública integrante del EGD. Si hablamos de una Secretaría Técnica, debemos procurar que sea precisamente eso: técnica.

La conducción política e institucional corresponde a los actores que representan al territorio. La operación técnica debería poder ser encargada a profesionales, consultores, empresas u organizaciones especializadas seleccionadas por experiencia y capacidades. Su función sería hacer seguimiento a los acuerdos, mantener actualizada la información del destino, monitorear indicadores, acompañar proyectos, coordinar actores y garantizar continuidad entre una reunión y otra.

Esto permitiría además reducir uno de los problemas que históricamente afecta a nuestros espacios de coordinación: la dependencia respecto del funcionario de turno. Cuando cambia una autoridad regional o municipal suelen cambiar también gerentes, directores y equipos técnicos. Un destino, sin embargo, no puede reiniciar su gestión cada cuatro años.

Las antiguas OGD ya mostraron la importancia de contar con gerencias profesionales. La propia evaluación de aquella experiencia concluía que la capacidad del gerente era determinante para el posicionamiento institucional de la organización.

Entonces la pregunta para las nuevas disposiciones es bastante concreta: ¿queremos una Secretaría Técnica administrativa o una verdadera unidad profesional de gestión del destino?

¿Quién administra los recursos si el EGD no tiene personería jurídica?

Aquí aparece probablemente uno de los temas más complejos que deberá resolver el nuevo modelo.

La Ley N.º 32392 establece que el EGD puede gestionar cooperación técnica nacional o internacional y otros instrumentos que permitan su autosostenimiento. Pero si el EGD es definido como un “espacio de articulación” y no como una persona jurídica, aparecen preguntas prácticas inevitables.

¿Quién recibe el dinero? ¿Quién abre una cuenta? ¿Quién contrata al equipo técnico? ¿Quién suscribe un convenio de cooperación? ¿Quién administra un aporte empresarial? ¿Quién adquiere bienes o servicios? ¿Quién responde administrativa y legalmente por esos recursos?

Las antiguas OGD resolvían parte del problema constituyéndose como asociaciones privadas sin fines de lucro, pero esa solución dificultaba la integración institucional del sector público. El nuevo modelo ha optado correctamente por preservar el carácter público-privado del espacio, pero ahora necesita resolver cómo dotarlo de capacidad operativa sin convertirlo necesariamente en otra institución.

Considero que las nuevas disposiciones deberían evaluar alternativas jurídicas y financieras que permitan separar claramente gobernanza, gestión técnica y administración de recursos. Podría existir una entidad administradora seleccionada por el EGD, mecanismos fiduciarios, convenios de administración, fondos con finalidad específica u otras figuras que el marco jurídico peruano permita. No corresponde anticipar cuál debe ser la solución sin un análisis legal y financiero más profundo, pero sí considero indispensable que la reglamentación responda la pregunta.

Porque hablar de autosostenimiento sin definir quién puede recibir y administrar los recursos deja incompleta la ecuación.

El Plan de Destino debe llegar al presupuesto

Existe además otro desafío que he encontrado reiteradamente durante años de trabajo en planificación turística y proyectos de inversión: tenemos una enorme capacidad para producir planes, pero mayores dificultades para conectar esos planes con decisiones presupuestales.

El reglamento establece que el Plan de Destino debe articularse con el PDTL, PERTUR, PENTUR y la Política Nacional de Turismo. El planteamiento es correcto. El siguiente paso debería ser conseguir que las prioridades identificadas por el destino puedan vincularse con los instrumentos de programación, inversión y presupuesto de las instituciones que poseen las competencias.

Cada acción priorizada debería responder por lo menos cuatro preguntas: ¿quién tiene la competencia?, ¿quién lidera?, ¿con qué recursos puede financiarse? y ¿mediante qué instrumento puede ejecutarse?

De lo contrario podemos terminar agregando un nuevo documento a una estructura de planificación que ya cuenta con diferentes instrumentos nacionales, regionales y locales. El Plan de Destino debería servir para conectar esos niveles alrededor de prioridades concretas del territorio, no para competir con ellos.

Representatividad: no basta con llenar la mesa

Las experiencias anteriores también dejaron cuestionamientos respecto de la representatividad. El propio PENTUR 2008-2018 reconocía que algunos gremios manifestaban no sentirse representados por las OGD y que ello había generado un proceso de reflexión sobre su evolución.

La lección continúa vigente.

Un destino está integrado por hoteles, restaurantes, agencias, operadores, guías, transportistas, artesanos, comunidades, universidades, profesionales, gestores culturales, gobiernos locales y numerosos actores que directa o indirectamente participan de la experiencia turística. No todos pueden integrar el Ente Gestor.

Las nuevas disposiciones deberían, por ello, ir más allá de determinar qué instituciones pueden participar. También deberían establecer mecanismos de representación, renovación, comunicación y rendición de cuentas. La pregunta no es únicamente quién ocupa una silla dentro del EGD, sino a quién representa realmente cuando se sienta en ella.

CCRT y EGD: dos niveles que pueden complementarse

Tampoco considero conveniente plantear una competencia entre Consejos Consultivos Regionales de Turismo y Entes Gestores. Cumplen funciones y escalas diferentes.

El CCRT tiene una dimensión regional y constituye un espacio de consulta, coordinación y colaboración. El EGD debe concentrarse en la gestión de un destino determinado, que incluso puede atravesar diferentes jurisdicciones. Bien articulados, ambos pueden complementarse.

El reto para las nuevas disposiciones será establecer cómo las prioridades identificadas por los destinos llegan al ámbito regional y cómo las políticas y prioridades regionales encuentran mecanismos concretos de implementación en los destinos. Esa relación puede ayudar a construir una gobernanza turística de varios niveles en lugar de una suma de espacios que funcionan independientemente.

Necesitamos medir gestión y no solamente reuniones

Hay finalmente un aspecto que considero indispensable: evaluar resultados.

Durante mucho tiempo hemos medido parte de nuestra gestión turística mediante actividades: número de reuniones, talleres realizados, personas capacitadas, documentos producidos o instituciones participantes. Todos son indicadores útiles, pero ninguno responde necesariamente a la pregunta de si el destino está siendo mejor gestionado.

Cada EGD debería contar con un grupo reducido de indicadores asociados con su Plan de Destino. No tienen que ser los mismos para todos. Dependiendo de las características del territorio podrían medir inversión, formalización, empleo, permanencia, gasto, satisfacción del visitante, calidad, sostenibilidad, accesibilidad, desarrollo de productos u otras variables relevantes.

Lo importante es que después de algunos años podamos evaluar los Entes Gestores no por cuántos se conformaron, sino por qué cambió en los destinos donde funcionan.

Las preguntas que deberían responder las nuevas disposiciones

Estamos en un momento particularmente interesante. MINCETUR ha conseguido algo que los primeros intentos de OGD no tuvieron: colocar al Ente Gestor dentro de la Ley General de Turismo. Ahora corresponde aprovechar esa fortaleza normativa para resolver los aspectos operativos que durante años limitaron experiencias anteriores.

Desde esa perspectiva, considero que quienes vienen trabajando las nuevas disposiciones deberían responder algunas preguntas fundamentales: ¿el EGD tendrá una estructura estándar o podrá adaptarse a las características de cada destino? ¿Cómo se garantizará una representación público-privada legítima? ¿Quién ejercerá la Secretaría Técnica y qué perfil deberá tener? ¿Cómo se contratará y financiará ese equipo? ¿Quién podrá recibir y administrar recursos si el EGD no tiene personería jurídica? ¿Cómo podrán participar financieramente las empresas? ¿Mediante qué mecanismos podrán comprometer recursos las entidades públicas? ¿Cómo se relacionará el Plan de Destino con los presupuestos e inversiones de las instituciones competentes? ¿Cómo se articularán EGD, CCRT, PDTL y PERTUR? ¿Qué indicadores permitirán evaluar su desempeño? ¿Y qué mecanismos garantizarán que un Ente Gestor continúe funcionando cuando cambien autoridades, funcionarios o representantes empresariales?

No son preguntas para cuestionar el modelo. Son, precisamente, las preguntas que debemos resolver para que el modelo funcione.

Construir sobre veinte años de experiencia

MINCETUR tiene hoy una oportunidad importante. El país cuenta con la experiencia de las OGD impulsadas desde comienzos de los años 2000, con el acompañamiento de diferentes organismos de cooperación; con la evolución del concepto de ente gestor dentro de los sucesivos instrumentos de política turística; con las disposiciones aprobadas en 2023; con nuevos EGD que ya empiezan a funcionar y, finalmente, con una Nueva Ley General de Turismo que reconoce expresamente esta figura.

Hay, por tanto, suficiente experiencia acumulada para no volver a comenzar desde cero.

Después de más de dos décadas vinculado profesionalmente con la gestión turística, he visto pasar planes, proyectos, mesas de trabajo, comités y diferentes mecanismos de articulación. Muchos produjeron avances importantes; otros fueron perdiendo fuerza cuando terminó un proyecto, cambió una autoridad o desapareció el financiamiento que los sostenía. Por eso considero que el principal desafío de esta nueva etapa no será constituir Entes Gestores, sino construir Entes Gestores capaces de permanecer y producir resultados.

La experiencia de las antiguas OGD nos enseñó el valor de contar con equipos profesionales y también los riesgos de depender excesivamente de la cooperación. Los CCRT nos han mostrado la importancia de la participación y, al mismo tiempo, las limitaciones de los espacios cuyos acuerdos no necesariamente se convierten en decisiones. Los primeros EGD pueden mostrarnos ahora qué aspectos funcionan bajo el nuevo modelo y cuáles requieren ajustes.

Las nuevas disposiciones tienen la posibilidad de recoger esas tres experiencias.

Si conseguimos separar adecuadamente la conducción público-privada, la gestión técnica y la administración financiera; si vinculamos el Plan de Destino con competencias y presupuestos; si garantizamos representatividad y continuidad; y si medimos los resultados obtenidos en lugar de solamente la cantidad de espacios constituidos, habremos avanzado considerablemente.

El mérito de esta nueva etapa es que ya no estamos discutiendo si el Perú necesita gestionar sus destinos. La Nueva Ley General de Turismo ha respondido esa pregunta y MINCETUR ha colocado la gestión de destinos dentro de la institucionalidad turística nacional.

La discusión que corresponde ahora es más práctica y probablemente más difícil: cómo hacemos que funcione.

Tenemos más de veinte años de experiencias para responderla. Aprovechémoslos.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Reflexiones a partir del III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo del Perú


La gobernanza turística regional en el Perú: tenemos participación, pero ¿tenemos capacidad para decidir?

Entre el 26 y el 28 de agosto de 2026 tuve la oportunidad de participar en Lima en el III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo del Perú. Más allá de las exposiciones, acuerdos y propuestas presentadas, el encuentro permitió algo particularmente valioso: escuchar directamente a representantes de diferentes regiones del país hablando sobre sus problemas, limitaciones y, sobre todo, sobre su voluntad de encontrar soluciones. Encontré funcionarios públicos comprometidos, empresarios dispuestos a participar, representantes gremiales preocupados por sus regiones y profesionales interesados en aportar.

Ese compromiso no está en discusión. Lo que debemos discutir es si la arquitectura institucional que hemos construido les permite realmente transformar esa voluntad en mejores decisiones para el turismo. Detrás de problemas aparentemente diferentes entre una región y otra —infraestructura, conectividad, promoción, formalización, inversión, capacitación, desarrollo de productos o articulación institucional— aparecen problemas estructurales que se repiten: debilidades de gestión, presupuestos insuficientes, capacidades técnicas limitadas, dificultades para convertir la planificación en inversión y espacios de gobernanza con capacidad para dialogar y proponer, pero con poca incidencia efectiva sobre las decisiones públicas.

El problema, entonces, no parece ser solamente la falta de participación, sino qué hacemos con esa participación.

Los CCRT: una buena idea frente a una limitación estructural

La Ley N.º 32392, Nueva Ley General de Turismo, mantiene a los Comités Consultivos Regionales de Turismo (CCRT) dentro de la arquitectura institucional del turismo peruano. La Ley establece que los gobiernos regionales crean sus respectivos CCRT y los concibe como espacios de consulta, coordinación y colaboración entre los actores relacionados con el desarrollo turístico regional. Además, les corresponde contribuir con la elaboración, implementación, seguimiento y evaluación del Plan Estratégico Regional de Turismo – PERTUR.

El principio es correcto: el turismo no puede ser gestionado únicamente desde el Estado. Se requiere la participación del sector público, las empresas, los gremios, los profesionales, la sociedad civil, la academia y el conocimiento especializado. Sin embargo, existe una primera limitación: el CCRT consulta, coordina, propone y participa, pero no ejecuta, y sus acuerdos no se convierten automáticamente en decisiones administrativas, presupuestales o de inversión del Gobierno Regional.

Tenemos entonces una primera paradoja de nuestra gobernanza turística: reunimos a los actores para discutir el futuro del turismo regional, pero quienes participan de esa discusión no necesariamente tienen capacidad para convertir lo acordado en decisiones públicas.

Una región administrativa no necesariamente es un destino turístico

Existe además un problema territorial. Los CCRT responden, naturalmente, a la organización político-administrativa del Estado y, por ello, deben construir una mirada regional en la que participan provincias, municipalidades e instituciones con realidades turísticas muy diferentes. Sin embargo, el turismo no funciona necesariamente siguiendo límites administrativos. Un turista no decide su recorrido pensando dónde termina una provincia y comienza otra; los destinos se estructuran alrededor de atractivos, experiencias, servicios, conectividad, accesibilidad, mercados, corredores y relaciones funcionales entre territorios.

Por eso debemos distinguir dos conceptos: una región es una unidad político-administrativa, mientras que un destino turístico es una unidad funcional. Ambas geografías no necesariamente coinciden. Dentro de una misma región podemos encontrar destinos consolidados, destinos emergentes y territorios con una actividad turística todavía limitada, cuyos problemas, mercados, infraestructura, productos y necesidades pueden ser completamente distintos.

Todos forman parte de la región y legítimamente deben participar en su desarrollo, pero no necesariamente todos gestionan el mismo destino. Esta diferencia parece evidente, pero durante mucho tiempo hemos intentado organizar la gobernanza turística principalmente alrededor de las jurisdicciones administrativas.

Participación no significa necesariamente capacidad técnica

Existe un segundo problema que considero fundamental: con frecuencia confundimos representación con conocimiento especializado. Ambos son necesarios, pero no son equivalentes. Un empresario hotelero puede conocer extraordinariamente bien la operación hotelera; un operador turístico, los mercados con los que trabaja; un guía, directamente la experiencia del visitante; y una municipalidad, determinados problemas de su territorio. Todo ese conocimiento es indispensable.

Sin embargo, gestionar estratégicamente un destino exige además comprender planificación turística, inteligencia de mercados, inversión pública, ordenamiento territorial, sostenibilidad, competitividad, patrimonio, transformación digital, desarrollo de productos, estadísticas e indicadores. Ser empresario turístico no convierte automáticamente a una persona en especialista en desarrollo turístico, del mismo modo que ocupar un cargo público relacionado con turismo tampoco garantiza necesariamente esa especialización.

Aquí encontramos una debilidad que pude percibir nuevamente durante el Encuentro. Existe mucha voluntad de solucionar los problemas, pero algunas veces existe una mirada demasiado inmediata sobre ellos. Si faltan turistas, pensamos en promoción; si falta competitividad, pensamos en capacitación; si existe un recurso turístico, queremos convertirlo inmediatamente en producto; si tenemos informalidad, pensamos en fiscalización; y si existe un atractivo deteriorado, pensamos en infraestructura.

Todas pueden ser respuestas válidas, pero antes debemos preguntarnos por qué ocurre el problema, qué evidencia tenemos, qué mercado queremos atender, cuál es la posición competitiva del destino, qué inversiones producirían realmente un cambio, quién tiene competencia para ejecutarlas, cuánto cuestan y cómo mediremos si funcionaron.

Sin diagnóstico profundo, la participación corre el riesgo de convertirse simplemente en una acumulación de opiniones. Gobernar un destino no consiste en sumar opiniones, sino en transformar conocimiento, intereses y evidencia en decisiones.



El problema de la representatividad empresarial

El sector privado es indispensable en cualquier modelo de gobernanza turística, pero tenemos que reconocer otra realidad: la asociatividad continúa siendo una debilidad del turismo peruano. No todos los gremios poseen el mismo nivel de institucionalidad, representatividad o capacidad técnica.

Esto genera una pregunta incómoda, pero necesaria: cuando una organización empresarial participa en representación del sector privado, ¿a cuántos empresarios representa realmente? La gobernanza necesita empresarios, pero necesita también organizaciones empresariales representativas, institucionalizadas y técnicamente fortalecidas. De lo contrario, podemos terminar confundiendo la presencia de representantes privados con una verdadera representación del tejido empresarial del destino.

La academia tampoco resuelve automáticamente el problema

Podríamos pensar que el vacío técnico debe ser cubierto por las universidades y, en parte, así debería ser. Sin embargo, tampoco corresponde idealizar esta participación. Existe una academia con importantes capacidades de investigación y generación de conocimiento, pero también encontramos modelos académicos alejados de la operación empresarial, de las restricciones de la gestión pública y de las dinámicas reales de los destinos.

Necesitamos academia, pero necesitamos especialmente conocimiento aplicado: profesionales capaces de entender al Estado, investigadores capaces de comprender el mercado, empresarios capaces de entender la planificación y funcionarios capaces de interpretar información y evidencia. No necesitamos simplemente tres mundos sentados alrededor de una mesa, sino que esos mundos puedan hablar un mismo lenguaje técnico.

Un actor que debe asumir mayor responsabilidad: los Colegios de Licenciados en Turismo

En esta discusión existe un actor que considero especialmente importante: los Colegios de Licenciados en Turismo. Los colegios profesionales tienen una característica particular: reúnen profesionales que trabajan simultáneamente en diferentes espacios del sector. Entre sus miembros encontramos servidores públicos, funcionarios, docentes universitarios, consultores y empresarios. Esa transversalidad puede convertirlos en un puente entre la administración pública, la academia y el mercado.

Sin embargo, tampoco debemos idealizar nuestra propia institucionalidad profesional. Las capacidades no son homogéneas en todas las regiones. Existen colegios regionales con profesionales de amplia experiencia en gestión pública, planificación y desarrollo turístico, mientras otros todavía se encuentran fortaleciendo su institucionalidad y capacidades. Precisamente por eso debemos elevar la exigencia.

Si los Colegios de Licenciados en Turismo queremos ser reconocidos como la representación profesional especializada del sector, debemos asumir también la responsabilidad que ello implica. No basta con reclamar participación; tenemos que demostrar capacidad técnica. Los colegios profesionales deberían convertirse progresivamente en uno de los principales contrapesos técnicos dentro de los espacios de gobernanza turística. Deben producir análisis, interpretar información, evaluar propuestas, acercar experiencias nacionales e internacionales y advertir cuando una decisión políticamente atractiva o empresarialmente conveniente carece de suficiente sustento técnico.

Ese espacio no se obtiene únicamente por una norma. Se gana demostrando conocimiento.

El verdadero problema: la distancia entre concertar y decidir

Llegamos entonces a lo que considero el problema central. Un CCRT puede identificar correctamente una necesidad, alcanzar un acuerdo, priorizar una intervención o recomendar una inversión. Pero finalmente quien tiene competencias administrativas, presupuesto y capacidad de ejecución continúa siendo el Gobierno Regional, los gobiernos locales u otras entidades públicas competentes.

Existe entonces una distancia importante entre concertación y decisión. Probablemente allí se encuentre una de las principales razones por las cuales muchos espacios de participación terminan concentrándose en asuntos inmediatos y operativos en lugar de discutir transformaciones estructurales.

Es más fácil acordar una feria, una campaña, una capacitación o una actividad promocional que transformar infraestructura, conectividad, planificación territorial, inversión o gestión de un destino. Los problemas estructurales requieren decisiones estructurales, y esas decisiones necesitan competencias, presupuesto y continuidad política.

La Nueva Ley plantea una respuesta: los Entes Gestores de Destino

La Nueva Ley General de Turismo introduce una figura que intenta corregir al menos uno de estos problemas: los Entes Gestores de Destino. La lógica es interesante. En lugar de organizar toda la gestión turística exclusivamente alrededor de una región administrativa, se reconoce que existen destinos turísticos que requieren sus propios espacios de articulación entre actores públicos y privados.

MINCETUR ya había avanzado en esta dirección en 2023 mediante las Disposiciones para la Gobernanza y Gestión de los Destinos Turísticos, que plantearon etapas de identificación del destino, gobernanza, modelo de gestión y planificación. La nueva Ley consolida jurídicamente esa orientación y constituye un avance conceptual importante.

Sin embargo, debemos evitar una conclusión apresurada. El Ente Gestor puede corregir la geografía de la gobernanza, pero no necesariamente corrige la gobernanza misma. Persisten preguntas sobre capacidades técnicas, representatividad, financiamiento, profesionalización y, especialmente, sobre la incidencia efectiva de sus decisiones en la planificación y en las decisiones presupuestales de gobiernos regionales y locales.

Los Entes Gestores aparecen, por tanto, como una alternativa prometedora, pero todavía deben demostrar su efectividad. Esa discusión merece un análisis propio.

No necesitamos más participación. Necesitamos mejor gobernanza

El III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo me dejó una impresión positiva sobre las personas y una preocupación profunda sobre el sistema. Tenemos funcionarios que quieren hacer, empresarios que quieren participar, profesionales que quieren aportar y regiones que quieren encontrar soluciones. Asimismo, encontramos problemas distintos en cada territorio, pero también problemas estructurales sorprendentemente similares en materia de gestión, presupuesto, capacidades, planificación, articulación y continuidad.

El desafío ahora es construir el mecanismo institucional capaz de transformar esas voluntades en decisiones técnicamente sólidas, financiables y ejecutables. Necesitamos CCRT fortalecidos para construir una mirada estratégica regional; gobiernos regionales capaces de transformar prioridades turísticas en políticas, presupuestos e inversiones; empresarios organizados y representativos; una academia conectada con el territorio; y Colegios de Licenciados en Turismo capaces de asumir su responsabilidad como referentes técnicos especializados.

La verdadera gobernanza turística no consiste simplemente en reunir al sector público, al sector privado y a la academia alrededor de una mesa. Comienza cuando esa mesa tiene información para comprender, capacidad técnica para analizar, legitimidad para priorizar e incidencia suficiente para transformar sus decisiones en resultados.

La Nueva Ley General de Turismo parece haber identificado correctamente que la región administrativa no siempre coincide con el destino turístico. Los Entes Gestores intentan corregir esa distorsión. Sin embargo, queda una pregunta que merece ser abordada por separado: ¿los Entes Gestores de Destino representan realmente una nueva gobernanza turística o corremos el riesgo de crear una nueva mesa de coordinación con las mismas debilidades que queremos solucionar?

Ese será el tema del siguiente artículo.

martes, 28 de julio de 2026

El turismo que tenemos y el turismo que necesitamos


Resumen

El turismo peruano posee una de las mayores ventajas competitivas del mundo gracias a su patrimonio cultural, biodiversidad, gastronomía y diversidad geográfica. Sin embargo, su desarrollo continúa limitado por problemas estructurales que trascienden la promoción turística y afectan directamente la competitividad de los destinos.
El principal problema identificado es la ausencia de una política pública integral de gestión de destinos, donde las competencias se encuentran dispersas entre diversas entidades sin una adecuada articulación nacional, regional y local. Esto ha generado inversiones públicas poco efectivas, escasa innovación, alta concentración territorial del turismo y una pérdida progresiva de competitividad.

Los principales hallazgos del diagnóstico son:
Conectividad aérea insuficiente, con una excesiva dependencia de Lima y escasos vuelos interregionales que permitan desarrollar nuevos circuitos turísticos, especialmente en el norte y la Amazonía.
Infraestructura aeroportuaria limitada, tanto en equipamiento como en capacidad para recibir vuelos nacionales e internacionales, sumado a restricciones regulatorias y acuerdos bilaterales que dificultan el ingreso de nuevas aerolíneas.
Concentración del turismo en el circuito sur, principalmente alrededor de Cusco, Machu Picchu, Arequipa, Puno y Madre de Dios, dejando gran parte del territorio nacional fuera de los beneficios económicos del turismo.
Escasa innovación y desarrollo de productos turísticos, debido a la falta de incentivos que permitan al sector privado invertir en nuevas experiencias vinculadas al ecoturismo, turismo rural, aventura, naturaleza y turismo comunitario.
Altos niveles de informalidad, que afectan la competitividad, reducen la recaudación tributaria y, sobre todo, ponen en riesgo la seguridad e integridad de los turistas por el incumplimiento de estándares mínimos de operación.
Debilidad de la planificación turística, luego de perder continuidad el Plan Maestro desarrollado con la cooperación japonesa (JICA), siendo reemplazado por instrumentos como el PENTUR y los PERTUR que, en muchos casos, no lograron convertirse en verdaderas herramientas de gestión territorial.
Descentralización incompleta, donde se transfirieron competencias a gobiernos regionales sin desarrollar simultáneamente capacidades técnicas, recursos humanos especializados ni mecanismos efectivos de coordinación.
Deficiencias en la inversión pública, caracterizadas por proyectos mal formulados, infraestructura sin gestión posterior, baja articulación territorial y limitada evaluación de resultados.
Gestión municipal insuficiente del espacio público, donde aspectos como limpieza pública, ornato, residuos sólidos, señalización, iluminación y recuperación urbana no forman parte de una estrategia nacional de competitividad turística.
Abandono de destinos emergentes, que, pese a contar con importantes recursos turísticos, no reciben asistencia técnica, capacitación, financiamiento ni acompañamiento para transformarse en productos comercializables.
Gestión del patrimonio cultural con limitada visión turística, predominando un enfoque de conservación sin una adecuada integración con la experiencia del visitante y la competitividad de los destinos. Machu Picchu constituye el ejemplo más evidente de esta problemática.
Debilitamiento de la formación del capital humano, debido a que CENFOTUR no cumple plenamente el rol de institución pública nacional de capacitación permanente para destinos emergentes, concentrando buena parte de sus actividades en servicios financiados mediante convenios o recursos externos.
Escasa articulación con la academia, desaprovechando el conocimiento generado por universidades, colegios profesionales y centros especializados para fortalecer la formulación de políticas públicas.
En conjunto, estos factores explican por qué el Perú, a pesar de contar con una de las mayores riquezas turísticas de Sudamérica, aún no logra convertir ese potencial en un sistema turístico competitivo, descentralizado y sostenible.


Este borrador podría ser la base para elaborar un "Diagnóstico de la situación del turismo en el Perú" 

1. Introducción
El turismo representa una actividad estratégica para el desarrollo económico y social del Perú. Su capacidad para generar empleo, dinamizar economías locales, promover la conservación del patrimonio y reducir desigualdades territoriales lo convierten en un sector prioritario.
No obstante, el crecimiento del turismo peruano ha estado sustentado principalmente en el extraordinario atractivo de sus recursos naturales y culturales, más que en una política pública moderna de gestión de destinos.
Actualmente existen importantes brechas institucionales que limitan la competitividad del sector y dificultan el aprovechamiento del enorme potencial turístico nacional.
2. Infraestructura y conectividad aérea
La conectividad aérea continúa siendo uno de los principales cuellos de botella para el desarrollo turístico nacional.
El modelo actual concentra la mayor parte de los vuelos en Lima, obligando a realizar conexiones innecesarias entre destinos que podrían integrarse directamente mediante rutas interregionales.
Entre los principales problemas destacan:
escasa conectividad aérea interregional;
ausencia de corredores turísticos aéreos;
limitada infraestructura aeroportuaria;
deficiente equipamiento operativo;
restricciones para recibir nuevas aerolíneas internacionales;
necesidad de revisar acuerdos bilaterales y políticas de cielos abiertos.
La conectividad debe dejar de entenderse únicamente como infraestructura aeroportuaria y pasar a formar parte de una estrategia nacional de corredores turísticos.
3. Innovación y desarrollo de productos turísticos
El turismo peruano continúa concentrándose en pocos destinos tradicionales.
La innovación en productos turísticos es limitada y existen pocos incentivos para que el sector privado desarrolle nuevas experiencias orientadas al ecoturismo, naturaleza, turismo rural, turismo comunitario, aventura o turismo científico.
El Estado no debe crear productos turísticos, pero sí generar condiciones favorables mediante:
incentivos tributarios;
fondos concursables;
simplificación administrativa;
asistencia técnica;
acceso a financiamiento;
inteligencia de mercados;
promoción segmentada.
4. Informalidad y seguridad turística
La informalidad continúa siendo uno de los principales obstáculos para la competitividad.
Sus efectos trascienden la evasión tributaria y afectan directamente:
la seguridad del visitante;
la calidad del servicio;
la reputación del destino;
la competencia empresarial.
La política pública debe combinar incentivos para la formalización con una fiscalización efectiva y sanciones frente a operaciones que pongan en riesgo la vida y seguridad de los turistas.
5. Planificación turística y gobernanza
Tras el Plan Maestro de Turismo desarrollado con apoyo de JICA, el país perdió continuidad en la planificación estratégica.
Los PENTUR y PERTUR, aunque conceptualmente importantes, no lograron consolidarse como instrumentos efectivos de gestión territorial.
La descentralización transfirió funciones, pero no fortaleció capacidades técnicas, financiamiento ni mecanismos de coordinación entre niveles de gobierno.
6. Inversión pública y capacidad institucional
La inversión pública presenta problemas recurrentes:
proyectos deficientemente formulados;
infraestructura sin mantenimiento;
intervenciones aisladas;
baja evaluación de resultados;
escasa relación entre inversión y competitividad.
A ello se suma un crecimiento de estructuras administrativas sin un fortalecimiento equivalente de especialistas en planificación turística, gestión de destinos, formulación de proyectos e inteligencia de mercados.
7. Gestión territorial, limpieza pública y competitividad de los destinos
La competitividad turística también depende del estado del espacio público.
Actualmente no existe una política nacional que articule turismo con las competencias municipales relacionadas con:
limpieza pública;
ornato;
manejo de residuos sólidos;
áreas verdes;
señalización;
iluminación;
movilidad peatonal;
seguridad ciudadana.
Muchos distritos y centros poblados con potencial turístico han sido identificados mediante inventarios, pero posteriormente no reciben:
asistencia técnica;
recursos económicos;
capacitación;
fortalecimiento institucional;
acompañamiento empresarial.
En diversos corredores turísticos, especialmente del norte peruano, la acumulación de residuos sólidos en carreteras, playas y miradores deteriora la imagen del destino y desincentiva su comercialización por parte de operadores turísticos.
8. Gestión del patrimonio cultural
El patrimonio arqueológico constituye una ventaja competitiva extraordinaria.
Sin embargo, la gestión continúa centrándose principalmente en criterios de conservación, dejando en segundo plano la experiencia turística y la competitividad de los destinos.
La limitada articulación entre el Ministerio de Cultura y el MINCETUR dificulta:
el uso turístico sostenible;
la planificación de visitantes;
la interpretación patrimonial;
la diversificación de experiencias.
Machu Picchu representa el caso más visible de esta problemática. Si el principal atractivo turístico nacional enfrenta dificultades de gestión, es razonable asumir que la situación resulta aún más compleja en numerosos sitios arqueológicos con menor capacidad institucional.
9. Formación del capital humano
El fortalecimiento de capacidades constituye uno de los pilares del desarrollo turístico.
Sin embargo, CENFOTUR no viene desempeñando plenamente el papel de una institución pública nacional dedicada a capacitar permanentemente a los destinos turísticos emergentes.
Gran parte de sus intervenciones dependen de convenios, consultorías o financiamiento externo, limitando su cobertura territorial.
Como consecuencia, numerosos destinos carecen de programas permanentes dirigidos a:
emprendedores;
comunidades rurales;
gobiernos locales;
operadores turísticos;
hospedajes;
restaurantes;
guías locales;
personal operativo y mandos medios.
La capacitación debe convertirse en una política pública permanente, priorizando los destinos emergentes y fortaleciendo la calidad del servicio.
10. Academia e investigación
La formulación de políticas públicas ha ido reduciendo progresivamente la participación de:
universidades;
centros de investigación;
colegios profesionales;
especialistas independientes.
Esto ha favorecido la elaboración de numerosos documentos de gestión con escasa aplicación práctica y limitado respaldo técnico.
El fortalecimiento del turismo requiere incorporar nuevamente a la academia como parte permanente del sistema nacional de innovación turística.
11. Financiamiento del turismo
El Perú cuenta con el Impuesto Extraordinario para la Promoción y Desarrollo Turístico Nacional, creado por la Ley N.º 27889, que grava con US$15 el ingreso al país por vía aérea internacional.
Estos recursos financian acciones de promoción turística e inversiones a cargo de PROMPERÚ y de la Unidad Ejecutora de Inversión en Comercio Exterior y Turismo (antes Proyecto Especial Plan COPESCO).
Resulta necesario evaluar si la distribución y utilización de estos recursos ha contribuido efectivamente a mejorar la competitividad de los destinos y diversificar la oferta turística nacional.
Conclusión
El principal problema del turismo peruano no radica en la falta de atractivos, patrimonio o presupuesto. El país posee recursos excepcionales y un posicionamiento internacional privilegiado.
La principal debilidad es la fragmentación de la gestión pública del turismo. Las políticas, inversiones y competencias se encuentran dispersas entre múltiples instituciones, sin una visión integrada de desarrollo de destinos.
Superar esta situación exige una reforma orientada a fortalecer la gobernanza, modernizar la planificación, mejorar la conectividad, impulsar la innovación empresarial, profesionalizar el capital humano y convertir la competitividad territorial en el eje central de la política turística nacional.

Oscar Gamarra Dominguez 
Licenciado en Turismo y Hotelería 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Repensar el turismo peruano: romper la normalización del desorden y construir un sector del siglo XXI


El turismo peruano vive atrapado en una contradicción estructural. A pesar de su enorme potencial para generar empleo, reducir brechas y dinamizar territorios históricamente relegados, continúa operando con una institucionalidad fragmentada, con decisiones centralizadas en Lima y con una gestión pública que no dialoga con la realidad del territorio. Lo que en otros países es un sector estratégico del siglo XXI, en el Perú sigue funcionando bajo inercias del siglo pasado.

Históricamente, el crecimiento turístico desde los años 90 no fue producto de una política pública sólida, sino de coyunturas favorables: estabilidad macroeconómica, inversiones privadas dispersas y una mejora de la imagen país. Ese crecimiento sin planificación consolidó un modelo desigual, concentrado casi exclusivamente en Lima y Cusco, mientras el resto del país quedó reducido a “potencial turístico”, un término que ha servido para justificar la inacción.

Hoy, el panorama es aún más complejo. La gestión del turismo está distribuida entre múltiples sectores sin una coordinación efectiva: Cultura controla museos y sitios arqueológicos; Ambiente, las áreas naturales; el MTC, la conectividad; Vivienda, el saneamiento; y el MEF, la llave presupuestal. El MINCETUR —ente rector— carece del alcance institucional necesario. El resultado es un rompecabezas: cada entidad trabaja según su propia agenda y el país opera sin un modelo integrado de desarrollo turístico.

La situación de Machu Picchu revela con especial crudeza la desconexión entre el discurso de modernidad y la realidad operativa del país. En pleno siglo XXI, una de las maravillas del mundo todavía depende de venta presencial de boletos, filas interminables, reventa informal y desorden operativo, cuando lo mínimo indispensable sería un portal digital seguro, transparente y confiable, alineado con estándares internacionales que protegen al visitante y evitan la discrecionalidad. A ello se suma el problema estructural del transporte en buses desde Aguas Calientes hasta la Llaqta, un cuello de botella anunciado desde hace décadas y que ninguna institución —ni del gobierno nacional, ni del regional, ni del local— abordó con visión de futuro. Las medidas temporales, parciales o improvisadas han sido paliativos que solo postergan el conflicto. Hoy, el sistema está al borde del colapso: genera tensiones sociales recurrentes, incentiva la informalidad y transmite al turismo extranjero una imagen de precariedad incompatible con la importancia global de Machu Picchu. Lo más grave no es que el problema exista, sino que el país sabía que iba a estallar y aun así no se desarrollaron soluciones sostenibles de movilidad, seguridad y gestión digital que garanticen la protección del patrimonio y una experiencia digna para los visitantes.

Pero la debilidad no es únicamente estatal. Las universidades que imparten la carrera profesional de Turismo, que deberían ser un contrapeso técnico entre los intereses públicos y privados, no han logrado asumir ese rol. En lugar de producir investigación crítica, evaluar modelos de desarrollo o cuestionar las decisiones tomadas en las últimas tres décadas, muchas han priorizado sobrevivir: llenar aulas, mantener matrícula y sostener presupuestos. La academia turística peruana se ha vuelto poco articulada, poco influyente y débilmente representada, sin un bloque colegiado especializado que aporte evidencia, análisis y pensamiento estratégico.

Los colegios profesionales de turismo tampoco han logrado suplir ese vacío. Durante décadas estuvieron marcados por la mala gestión y la fragmentación interna. Recién desde 2021 han empezado a recomponerse, pero aún no ejercen la influencia técnica ni política que el sector necesita. Sin esa pata académica y colegiada —robusta, crítica y cohesionada— es imposible equilibrar la balanza frente a decisiones de corto plazo, intereses particulares o desconocimiento técnico del propio aparato estatal.

A ello se suma la fragmentación del Estado en sus tres niveles de gobierno, que dificulta cualquier articulación real. Las políticas de turismo son débiles o inexistentes; los gobiernos regionales y locales no cuentan con capacidades, personal técnico ni presupuestos; y los recursos provenientes de la Ley 27889 o de casinos y tragamonedas han terminado diluyéndose en pequeñas obras dispersas en un territorio inmenso, sin integración a corredores turísticos ni estrategias de comercialización. El resultado es predecible: proyectos que se deterioran, infraestructuras que no generan demanda y recursos públicos sin impacto.

Las condiciones externas agravan el problema: conectividad precaria, ausencia de vuelos interregionales, inseguridad creciente, informalidad en ascenso y competencia internacional que capitaliza cualquier tropiezo peruano. Mientras tanto, el país continúa gestionando su turismo como si siguiera siendo una actividad secundaria, sin comprender su rol estratégico para la economía, la identidad cultural y el desarrollo territorial.

Por estas razones, es urgente establecer una Política Nacional de Estado para el Turismo, no un documento sectorial más, sino una política jerárquica y vinculante liderada desde la Presidencia del Consejo de Ministros. Esta política debe operar a través de una Secretaría Técnica de Turismo, capaz de articular a todos los sectores, asignar prioridades, ordenar recursos y gestionar proyectos de alto impacto nacional.

La Secretaría deberá intervenir sobre destinos estratégicos como Machu Picchu, Cañón del Colca, Kuélap, Callejón de Huaylas, Paracas, Líneas de Nasca y las playas del norte. Estos lugares requieren soluciones de infraestructura, conectividad, conservación, seguridad y articulación comercial que hoy ningún sector puede resolver por sí solo. Se trata de destinos que, si se gestionan correctamente, pueden impulsar cadenas productivas regionales y descentralizar realmente los beneficios del turismo.

Esta visión debe acompañarse de políticas educativas y formativas coherentes. CENFOTUR debe fortalecerse y trabajar en alianza con instituciones regionales para ofrecer, de manera gratuita y descentralizada, formación de mandos medios, atención al cliente y, donde corresponda, la carrera de guía oficial de turismo. Sin capital humano no hay sostenibilidad posible. Y sin investigación universitaria no hay análisis crítico que oriente las decisiones de Estado.

Repensar el turismo implica abandonar de una vez por todas la administración del caos. Implica dejar de ver a Machu Picchu como un recurso aislado de territorio rico en otros recursos turísticos y abrir la mirada a un país completo, con rutas diversas, culturas vivas y paisajes que pueden transformar comunidades enteras.

Implica asumir que la sostenibilidad no se decreta: se construye con instituciones fuertes, academia activa, inversión inteligente y territorio articulado.

El turismo peruano no puede seguir siendo un conjunto de islas desconectadas. Necesita convertirse en un verdadero sector: planificado, articulado y con visión país. Solo entonces podremos decir que el turismo no es una actividad que crece “a pesar del Estado”, sino un motor que impulsa el futuro del Perú.

 

Oscar Gamarra Dominguez

Licenciado en Turismo y Hotelería por la Universidad de San Martín de Porres con colegiatura de COLITUR Lima N° 149 y actualmente decano del Colegio de Licenciados en Turismo de Lima

 


sábado, 12 de abril de 2025

Una ley sin brújula: turismo peruano con normas y sin diagnóstico

Una ley sin brújula: turismo peruano con normas y sin diagnóstico

Por: Oscar Gamarra Domínguez, Licenciado en turismo y Hotelería

 

En medio del entusiasmo parlamentario por aprobar una nueva Ley General de Turismo, vale la pena preguntarnos si este cambio normativo responde realmente a las profundas transformaciones que requiere el sector. La respuesta, lamentablemente, es no.


La propuesta legislativa que hoy se presenta como “renovadora” sigue siendo, en esencia, una ampliación técnica de la Ley N.º 29408, aprobada en 2009. Si bien incorpora nuevas categorías, sistemas de información, enfoques de sostenibilidad e innovación, no enfrenta los principales cuellos de botella que limitan el desarrollo del turismo peruano.


La Coordinaci
ón Interinstitucional sigue siendo una ficción

Uno de los principales problemas que arrastra el turismo en Perú es su escasa articulación multisectorial. ¿Cómo aspiramos a un verdadero desarrollo turístico si los grandes temas —patrimonio, naturaleza, infraestructura, conectividad— siguen fuera del alcance real del ente rector, el MINCETUR?

La propuesta legislativa no establece mecanismos operativos que aseguren la coordinación efectiva con el Ministerio de Cultura, el Ministerio del Ambiente o el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, actores fundamentales para la puesta en valor del patrimonio, la gestión de áreas naturales protegidas o la mejora de accesos a destinos. El Comité Consultivo Regional o los entes gestores de destino son fórmulas vagas si no se acompañan de compromisos vinculantes y presupuestos compartidos. Cambiar la ley sin cambiar la forma de gobernar el turismo es una reforma incompleta.

Tampoco se aborda el problema de fondo de la pobre o nula coordinación intrasectorial entre los niveles de gobierno. En ausencia de una estructura jerárquica de orden superior —quizás desde la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM)—, toda coordinación se vuelve un saludo a la bandera.

¿Y la Profesionalización del sector?

Es sorprendente —y preocupante— que la nueva ley no mencione en absoluto a los colegios profesionales de turismo, ni reconozca su rol en la validación, vigilancia y promoción del ejercicio profesional. En un sector donde la calidad de los servicios está directamente ligada a la formación del capital humano, la omisión del rol profesional resulta un retroceso.

Los colegios profesionales de turismo no solo acreditan capacidades; también construyen ciudadanía turística, ética profesional y responsabilidad ante el patrimonio. Su exclusión de la norma denota una visión que aún privilegia al turismo como actividad económica, pero no como sistema cultural ni profesional.

Planeamiento sin horizonte ni prioridades

Otro de los vacíos más notables es la superficialidad del planeamiento estratégico. El PENTUR y los PERTUR no proyectan una visión de mediano o largo plazo como requiere el sector. Tampoco desarrollan con la profundidad necesaria la priorización de intervenciones en regiones que requieren urgentemente una reactivación turística, como el caso del Circuito Turístico Nor Oriental (CTN). Basta recordar el Plan Maestro de Desarrollo Turístico elaborado por JICA en los años 90, donde ya se planteaba un enfoque territorial claro y bien estructurado.

A ello se suma la necesidad imperiosa de fortalecer a las regiones —a través de las DIRCETURES— y a los gobiernos locales con potencial turístico. No es posible avanzar sin dotar a estos niveles de gobierno de capacidades técnicas, presupuestales y de gestión que les permitan planificar, promocionar y ejecutar inversiones públicas de manera adecuada. Las regiones deben ser protagonistas de la transformación turística, y no meros ejecutores de decisiones tomadas desde el nivel central.

No se trata solo de cambiar el texto de la ley. Se trata de cambiar la arquitectura del turismo en el Perú. Sin articulación interinstitucional, sin coordinación real entre niveles de gobierno, sin visión estratégica territorial y sin fortalecer el capital humano para la gestión, el emprendimiento y la competitividad de los destinos turísticos —tanto internos como receptivos—, ninguna norma logrará movilizar el enorme potencial turístico del país.

Sí, el Perú necesita una nueva Ley General de Turismo, pero no una que nazca solo desde el escritorio. Debe estar precedida por un análisis más profundo del sector, que permita entender las verdaderas razones del desorden en el crecimiento turístico del país. Necesitamos una ley que parta del diagnóstico real del territorio: ¿por qué seguimos con tasas tan altas de informalidad? ¿Cómo se puede mejorar la interconexión regional y multimodal de los destinos turísticos, conectando no solo con Lima, sino entre los propios circuitos del país? ¿Cuál ha sido el impacto y la eficacia de las inversiones realizadas por COPESCO desde la promulgación de la Ley N.º 27889 en 2002, que destina recursos para la instalación de servicios turísticos públicos? Estas preguntas deben responderse antes de diseñar cualquier norma. Una ley sin diagnóstico es solo un cambio de forma sin transformación de fondo.

Quizás ha llegado el momento de pensar en la creación de una Autoridad Nacional de Turismo con competencias suficientes para articular y ejecutar acciones multisectoriales en zonas de prioridad nacional. Sin este nivel de decisión, seguiremos atrapados entre el potencial y la parálisis.

Asimismo, la nueva ley debe también establecer un marco jurídico robusto que incentive y facilite la inversión pública y privada orientada al desarrollo de nuevos destinos turísticos, promoviendo la diversificación de la oferta territorial y el aprovechamiento sostenible de los recursos turísticos. Esta normativa debe priorizar la puesta en valor de los atractivos naturales, culturales y vivenciales del país, tanto para el fortalecimiento del turismo interno como para la consolidación del turismo receptivo, articulando estas inversiones a las ventajas comparativas y competitivas que posee el Perú.

 


sábado, 14 de diciembre de 2024

Este amor no es para cobardes


Enfrentar una situación adversa requiere actitud. Las clásicas perspectivas de ver el vaso medio lleno o medio vacío se presentan siempre, pero cuando hablamos del turismo en el Perú, no se trata solo de elegir una actitud, sino de tener la determinación para cambiar una realidad compleja. Este sector demanda esfuerzo, perseverancia y visión a largo plazo.

El Perú, bendecido con una diversidad natural y cultural única, posee un potencial turístico incalculable. Desde paisajes impresionantes y sitios arqueológicos legendarios hasta una riqueza culinaria, artística y folklórica que maravilla al mundo. Sin embargo, este tesoro enfrenta numerosos desafíos: falta de infraestructura, conectividad deficiente, manejo inadecuado de ciudades, problemas de limpieza y ornato, inseguridad y carencia de recursos para proyectos de inversión. Todo esto limita nuestra competitividad frente a países vecinos como Colombia y Chile, que han sabido aprovechar mejor su potencial.

Es momento de reflexionar, analizar y actuar. El fortalecimiento de las instituciones vinculadas al turismo es imprescindible. En particular, los Colegios Profesionales de Turismo deben convertirse en actores clave, articulando los esfuerzos entre el sector público, el privado y el académico. Desde las municipalidades hasta los ministerios, pasando por las universidades e institutos, cada uno debe asumir su rol en la transformación del turismo en el Perú.

El sector académico tiene la misión de formar profesionales con capacidades de liderazgo y gestión para destinos turísticos, mientras que el sector privado debe garantizar servicios de calidad a pesar de la informalidad predominante. El sector público, por su parte, debe priorizar la planificación y la inversión en infraestructura y seguridad. Solo trabajando juntos podrán superarse los obstáculos que hoy frenan nuestro desarrollo turístico.

A pesar de los problemas de inseguridad, inestabilidad política y conflictos sociales que afectan al país, el turismo sigue siendo una actividad vital. Su potencial para generar empleo, dinamizar economías locales y proyectar una imagen positiva del Perú en el mundo es innegable. Sin embargo, lograr que este sector alcance su máximo esplendor requiere una decisión firme: consolidar instituciones, profesionalizar el sector y no desfallecer en el esfuerzo.

Quienes dedicamos nuestras vidas al turismo entendemos que este camino no es fácil. Son décadas de trabajo, estudio y pasión por un sector que representa mucho más que una actividad económica; es una manera de construir el futuro de nuestro país. Por ello, debemos seguir adelante, analizando, generando consensos y fortaleciendo nuestras capacidades.

Este amor por el turismo no es para cobardes. Es una lucha constante que exige valentía, compromiso y amor por el Perú. Sigamos trabajando, porque el futuro del turismo está en nuestras manos.

miércoles, 7 de julio de 2021

Gobernanza del Turismo en el Perú

Mucho antes de entrar en el estado de emergencia del 2020, el Perú ya tenía una aguda crisis en la gestión del turismo que no era percibida como tal quizás por los indicadores de crecimiento que hemos tenido desde mediados de los 90’s; sin embargo, esta crisis no había sido advertida por los stakeholders del turismo nacional hasta que la pandemia la desnudó por completo.

Quizás por causa de la ausencia de políticas públicas en turismo para el largo plazo sumado a un vacío jurídico que permita la coordinación “obligatoria” entre los niveles nacional, regional y local; así como las coordinaciones intersectoriales prácticamente inexistentes en los espacios públicos y privados.


Desde los años 90’s hemos tenido un crecimiento superior al 8%, mayor el promedio mundial, en ingresos de visitantes extranjeros, movimiento interno de visitantes e inversiones en servicios de alojamiento, alimentación y otros servicios relacionados; sin embargo, el último ingresos de visitantes extranjeros, movimiento interno de visitantes e inversiones en servicios de alojamiento, alimentación y otros servicios relacionados; sin embargo, el último plan país para el desarrollo del sector data del año 2000 el cual nunca fue ejecutado y desde ese entonces, el sector ha estado al vaivén de los gobiernos de turno que cada 2 o 3 años cambiaban las políticas sectoriales a través de planes estratégicos los cuales quedan como una declaración de buenos deseos.


El sector privado, representado por gremios nacionales, no expresan las necesidades de las regiones las cuales están prácticamente olvidadas con escasos recursos destinos a proyectos, planificación o promoción. Por décadas, el Perú concentra en exceso su oferta turística en Cusco y Machu Picchu al sur del país mientras que el norte y la selva amazónica no han sido desarrollados para el turismo.


Existe un gran vacío que requiere urgentemente de una adecuada coordinación, una adecuada gobernanza que permita desarrollar un modelo sostenible para las poblaciones locales.


Publicado en la Revista el Turismologo (Chile) Edición Perú 01. www.elturismologo.com