sábado, 5 de septiembre de 2026

Entes Gestores de Destino: ¿el siguiente paso de la gobernanza turística en el Perú?


En un artículo anterior, a propósito de mi participación en el III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo, compartí algunas reflexiones sobre las dificultades que todavía tenemos para convertir la participación y la concertación en una verdadera gobernanza turística. Los Consejos Consultivos Regionales de Turismo (CCRT) cumplen una función necesaria de consulta, coordinación y colaboración, pero la experiencia también demuestra que reunir actores, identificar problemas y alcanzar acuerdos no garantiza necesariamente que estos se conviertan en decisiones, presupuesto y acciones concretas.

En ese escenario aparece una de las incorporaciones que considero más importantes de la Nueva Ley General de Turismo: el reconocimiento del Ente Gestor de Destino (EGD). La Ley N.º 32392 lo define como un espacio de articulación entre actores públicos y privados encargado de gestionar y coordinar el desarrollo sostenible y competitivo de un destino turístico mediante la implementación de su Plan de Destino. La propia ley contempla, además, que pueda gestionar cooperación técnica nacional o internacional y otros instrumentos que permitan su autosostenimiento.

Me parece un avance importante del MINCETUR porque lleva al marco legal una discusión que el sector viene desarrollando desde hace muchos años: el turismo necesita ser gestionado desde el destino y no solamente desde las divisiones político-administrativas del Estado.

Quienes hemos trabajado durante años en planificación turística, gobiernos regionales y locales, cooperación, proyectos de inversión y desarrollo de destinos sabemos que el visitante no reconoce necesariamente los límites que la administración pública establece entre un distrito, una provincia o una región. El visitante se desplaza por un territorio en función de atractivos, servicios, actividades, conectividad y experiencias. En consecuencia, gestionar destinos exige articular instituciones que muchas veces tienen competencias, presupuestos y jurisdicciones diferentes.

La nueva ley nos brinda ahora una oportunidad para hacerlo mejor. Pero también considero que sería un error pensar que estamos comenzando de cero.

Ya intentamos gestionar destinos hace más de veinte años

La gestión de destinos tiene antecedentes importantes en el Perú. A comienzos de la década del 2000, diferentes programas de cooperación internacional comenzaron a promover modelos de articulación público-privada vinculados con el desarrollo turístico territorial. En ese proceso participaron la Cooperación Suiza–SECO y Swisscontact, pero también existieron intervenciones y acompañamiento de la cooperación alemana GTZ y del Servicio Holandés de Cooperación al Desarrollo (SNV), entre otros organismos.

Las experiencias no fueron exactamente iguales ni deben presentarse como si hubieran formado parte de un único programa. En el sur, el impulso más estructurado de las Organizaciones de Gestión de Destino (OGD) estuvo asociado al trabajo de SECO y Swisscontact. La documentación de la cooperación suiza señala que durante una fase piloto desarrollada entre octubre de 2003 y agosto de 2005 y una primera fase entre septiembre de 2005 y abril de 2009 se establecieron seis OGD en Cusco, Arequipa, Puno, Tacna, Moquegua y Apurímac, además de una instancia de coordinación macrorregional.

Mientras tanto, en otras zonas del país se desarrollaban diferentes mecanismos de articulación. El propio PENTUR 2008-2018 registraba que en la macrorregión norte funcionaban los Consejos Regionales de Turismo y el Consejo Noramazónico de Turismo, y señalaba expresamente el acompañamiento de SNV —Cooperación Holandesa— y GTZ —Cooperación Alemana— en esos procesos. En el sur, el mismo documento reconocía la creación de OGD y el apoyo de Swisscontact para su fortalecimiento institucional. El objetivo nacional empezaba entonces a orientarse hacia la consolidación de estas diferentes experiencias mediante un ente gestor por destino.

Esto es importante porque demuestra que la preocupación por encontrar una estructura adecuada de gobernanza turística territorial no es reciente. Ha formado parte de diferentes momentos de nuestra política turística y ha contado con participación del Estado, cooperación internacional, gobiernos subnacionales, gremios y empresas.

De hecho, la evaluación de aquella experiencia del sur contiene observaciones que, más de quince años después, mantienen sorprendente actualidad. Se identificaba como determinante la capacidad del gerente de la OGD, se advertían diferencias importantes en las capacidades de gestión de los territorios y se señalaba expresamente la necesidad de contar con un marco normativo apropiado para consolidar el modelo.

Precisamente allí está una de las grandes diferencias con el momento actual: hoy ese soporte legal existe.

De las OGD a los Entes Gestores

La evolución conceptual también resulta interesante. El proyecto Destinos del Perú, desarrollado con apoyo de la Cooperación Suiza–SECO, en convenio con MINCETUR y PROMPERÚ y ejecutado por Swisscontact, buscó institucionalizar las OGD como organismos de articulación público-privada. La sistematización posterior de esa experiencia señala que el modelo fue incorporándose a la política sectorial mediante el PENTUR y que posteriormente la denominación evolucionó hacia la figura de “ente gestor”.

Es decir, existe una línea de continuidad que vale la pena reconocer. No estamos frente a una idea importada recientemente ni ante una figura que apareció repentinamente en la Nueva Ley General de Turismo. Existe detrás de ella un proceso de aprendizaje institucional en el cual MINCETUR ha participado durante años y que hoy alcanza una condición que antes no tenía: reconocimiento legal expreso.

Las antiguas OGD dejaron además una enseñanza institucional particularmente importante. El modelo promovido entonces consideraba a las OGD como asociaciones privadas sin fines de lucro destinadas a articular políticas y estrategias regionales con el conocimiento y experiencia del sector privado.

La fórmula tenía una ventaja evidente: una asociación podía contar con personería jurídica, contratar profesionales, administrar recursos, suscribir convenios y mantener una estructura operativa. Pero también generaba una dificultad que quienes participamos de procesos público-privados conocemos bien: una cosa es que una entidad pública participe en un espacio de coordinación y otra distinta es que pueda integrarse institucionalmente a una asociación civil privada, aportar recursos o asumir obligaciones en igualdad de condiciones con sus asociados privados.

Este no es un problema menor. En realidad, toca el corazón mismo de la gobernanza público-privada.



La sostenibilidad fue una de las grandes dificultades

Otro aprendizaje de aquella etapa fue el financiamiento. Una parte importante del impulso inicial de las OGD provino de la cooperación internacional. Esto permitió contar con asistencia técnica, gerencias, equipos profesionales, metodologías, capacitación y acompañamiento durante el proceso de organización.

El problema apareció cuando hubo que responder una pregunta inevitable: ¿qué sucede cuando termina el proyecto de cooperación?

La sistematización de Destinos del Perú reconoce precisamente la sostenibilidad institucional y financiera como uno de los asuntos centrales del modelo. Incluso se estudiaron alternativas de financiamiento mediante recursos públicos y mecanismos de aporte voluntario del visitante, aunque esas propuestas no llegaron a aplicarse dentro del proyecto.

La experiencia merece ser revisada con detenimiento porque contiene una lección que no deberíamos perder. La cooperación internacional puede ayudar a iniciar un proceso, transferir metodología, fortalecer capacidades e incluso financiar temporalmente una estructura técnica, pero un modelo de gestión de destino debe ser capaz de sobrevivir cuando la cooperación se retira.

Este fue probablemente uno de los puntos débiles de varias experiencias anteriores. Algunas organizaciones perdieron capacidad operativa, otras redujeron considerablemente su actividad y otras finalmente quedaron inactivas. El problema no necesariamente estuvo en el concepto de OGD, sino en haber construido estructuras cuya sostenibilidad posterior era difícil de garantizar.

Hoy tenemos una oportunidad diferente

La situación actual es distinta. En octubre de 2023, MINCETUR aprobó mediante la Resolución Ministerial N.º 285-2023-MINCETUR las Disposiciones para la Gobernanza y Gestión de los Destinos Turísticos. Estas establecieron cuatro etapas: identificación y caracterización del destino, gobernanza, modelo de gestión y planificación, incluyendo la conformación de Entes Gestores y la elaboración de Planes de Destino.

Posteriormente, la Nueva Ley General de Turismo dio un paso adicional al reconocer expresamente al EGD dentro de la legislación turística. Ya no estamos únicamente frente a un modelo metodológico o una experiencia promovida mediante cooperación internacional. Existe ahora una figura reconocida por ley.

MINCETUR tiene además una ventaja que no existía hace veinte años: puede construir las nuevas disposiciones mirando hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Puede revisar la experiencia de las antiguas OGD, evaluar lo aprendido desde las disposiciones de 2023 y analizar los resultados de los primeros EGD que vienen conformándose bajo este nuevo proceso. Por ejemplo, el Ente Gestor de Arequipa fue conformado en octubre de 2024 y obtuvo reconocimiento oficial del MINCETUR en 2025.

No deberíamos desaprovechar esa acumulación de experiencia.

¿Quién debe conducir técnicamente el Ente Gestor?

Uno de los aspectos que considero necesario definir con claridad en las nuevas disposiciones es la Secretaría Técnica.

Desde mi experiencia profesional en gestión pública, gobiernos regionales y locales, cooperación internacional, planificación turística, proyectos y articulación público-privada, considero que la Secretaría Técnica no debería recaer automáticamente en una institución pública integrante del EGD. Si hablamos de una Secretaría Técnica, debemos procurar que sea precisamente eso: técnica.

La conducción política e institucional corresponde a los actores que representan al territorio. La operación técnica debería poder ser encargada a profesionales, consultores, empresas u organizaciones especializadas seleccionadas por experiencia y capacidades. Su función sería hacer seguimiento a los acuerdos, mantener actualizada la información del destino, monitorear indicadores, acompañar proyectos, coordinar actores y garantizar continuidad entre una reunión y otra.

Esto permitiría además reducir uno de los problemas que históricamente afecta a nuestros espacios de coordinación: la dependencia respecto del funcionario de turno. Cuando cambia una autoridad regional o municipal suelen cambiar también gerentes, directores y equipos técnicos. Un destino, sin embargo, no puede reiniciar su gestión cada cuatro años.

Las antiguas OGD ya mostraron la importancia de contar con gerencias profesionales. La propia evaluación de aquella experiencia concluía que la capacidad del gerente era determinante para el posicionamiento institucional de la organización.

Entonces la pregunta para las nuevas disposiciones es bastante concreta: ¿queremos una Secretaría Técnica administrativa o una verdadera unidad profesional de gestión del destino?

¿Quién administra los recursos si el EGD no tiene personería jurídica?

Aquí aparece probablemente uno de los temas más complejos que deberá resolver el nuevo modelo.

La Ley N.º 32392 establece que el EGD puede gestionar cooperación técnica nacional o internacional y otros instrumentos que permitan su autosostenimiento. Pero si el EGD es definido como un “espacio de articulación” y no como una persona jurídica, aparecen preguntas prácticas inevitables.

¿Quién recibe el dinero? ¿Quién abre una cuenta? ¿Quién contrata al equipo técnico? ¿Quién suscribe un convenio de cooperación? ¿Quién administra un aporte empresarial? ¿Quién adquiere bienes o servicios? ¿Quién responde administrativa y legalmente por esos recursos?

Las antiguas OGD resolvían parte del problema constituyéndose como asociaciones privadas sin fines de lucro, pero esa solución dificultaba la integración institucional del sector público. El nuevo modelo ha optado correctamente por preservar el carácter público-privado del espacio, pero ahora necesita resolver cómo dotarlo de capacidad operativa sin convertirlo necesariamente en otra institución.

Considero que las nuevas disposiciones deberían evaluar alternativas jurídicas y financieras que permitan separar claramente gobernanza, gestión técnica y administración de recursos. Podría existir una entidad administradora seleccionada por el EGD, mecanismos fiduciarios, convenios de administración, fondos con finalidad específica u otras figuras que el marco jurídico peruano permita. No corresponde anticipar cuál debe ser la solución sin un análisis legal y financiero más profundo, pero sí considero indispensable que la reglamentación responda la pregunta.

Porque hablar de autosostenimiento sin definir quién puede recibir y administrar los recursos deja incompleta la ecuación.

El Plan de Destino debe llegar al presupuesto

Existe además otro desafío que he encontrado reiteradamente durante años de trabajo en planificación turística y proyectos de inversión: tenemos una enorme capacidad para producir planes, pero mayores dificultades para conectar esos planes con decisiones presupuestales.

El reglamento establece que el Plan de Destino debe articularse con el PDTL, PERTUR, PENTUR y la Política Nacional de Turismo. El planteamiento es correcto. El siguiente paso debería ser conseguir que las prioridades identificadas por el destino puedan vincularse con los instrumentos de programación, inversión y presupuesto de las instituciones que poseen las competencias.

Cada acción priorizada debería responder por lo menos cuatro preguntas: ¿quién tiene la competencia?, ¿quién lidera?, ¿con qué recursos puede financiarse? y ¿mediante qué instrumento puede ejecutarse?

De lo contrario podemos terminar agregando un nuevo documento a una estructura de planificación que ya cuenta con diferentes instrumentos nacionales, regionales y locales. El Plan de Destino debería servir para conectar esos niveles alrededor de prioridades concretas del territorio, no para competir con ellos.

Representatividad: no basta con llenar la mesa

Las experiencias anteriores también dejaron cuestionamientos respecto de la representatividad. El propio PENTUR 2008-2018 reconocía que algunos gremios manifestaban no sentirse representados por las OGD y que ello había generado un proceso de reflexión sobre su evolución.

La lección continúa vigente.

Un destino está integrado por hoteles, restaurantes, agencias, operadores, guías, transportistas, artesanos, comunidades, universidades, profesionales, gestores culturales, gobiernos locales y numerosos actores que directa o indirectamente participan de la experiencia turística. No todos pueden integrar el Ente Gestor.

Las nuevas disposiciones deberían, por ello, ir más allá de determinar qué instituciones pueden participar. También deberían establecer mecanismos de representación, renovación, comunicación y rendición de cuentas. La pregunta no es únicamente quién ocupa una silla dentro del EGD, sino a quién representa realmente cuando se sienta en ella.

CCRT y EGD: dos niveles que pueden complementarse

Tampoco considero conveniente plantear una competencia entre Consejos Consultivos Regionales de Turismo y Entes Gestores. Cumplen funciones y escalas diferentes.

El CCRT tiene una dimensión regional y constituye un espacio de consulta, coordinación y colaboración. El EGD debe concentrarse en la gestión de un destino determinado, que incluso puede atravesar diferentes jurisdicciones. Bien articulados, ambos pueden complementarse.

El reto para las nuevas disposiciones será establecer cómo las prioridades identificadas por los destinos llegan al ámbito regional y cómo las políticas y prioridades regionales encuentran mecanismos concretos de implementación en los destinos. Esa relación puede ayudar a construir una gobernanza turística de varios niveles en lugar de una suma de espacios que funcionan independientemente.

Necesitamos medir gestión y no solamente reuniones

Hay finalmente un aspecto que considero indispensable: evaluar resultados.

Durante mucho tiempo hemos medido parte de nuestra gestión turística mediante actividades: número de reuniones, talleres realizados, personas capacitadas, documentos producidos o instituciones participantes. Todos son indicadores útiles, pero ninguno responde necesariamente a la pregunta de si el destino está siendo mejor gestionado.

Cada EGD debería contar con un grupo reducido de indicadores asociados con su Plan de Destino. No tienen que ser los mismos para todos. Dependiendo de las características del territorio podrían medir inversión, formalización, empleo, permanencia, gasto, satisfacción del visitante, calidad, sostenibilidad, accesibilidad, desarrollo de productos u otras variables relevantes.

Lo importante es que después de algunos años podamos evaluar los Entes Gestores no por cuántos se conformaron, sino por qué cambió en los destinos donde funcionan.

Las preguntas que deberían responder las nuevas disposiciones

Estamos en un momento particularmente interesante. MINCETUR ha conseguido algo que los primeros intentos de OGD no tuvieron: colocar al Ente Gestor dentro de la Ley General de Turismo. Ahora corresponde aprovechar esa fortaleza normativa para resolver los aspectos operativos que durante años limitaron experiencias anteriores.

Desde esa perspectiva, considero que quienes vienen trabajando las nuevas disposiciones deberían responder algunas preguntas fundamentales: ¿el EGD tendrá una estructura estándar o podrá adaptarse a las características de cada destino? ¿Cómo se garantizará una representación público-privada legítima? ¿Quién ejercerá la Secretaría Técnica y qué perfil deberá tener? ¿Cómo se contratará y financiará ese equipo? ¿Quién podrá recibir y administrar recursos si el EGD no tiene personería jurídica? ¿Cómo podrán participar financieramente las empresas? ¿Mediante qué mecanismos podrán comprometer recursos las entidades públicas? ¿Cómo se relacionará el Plan de Destino con los presupuestos e inversiones de las instituciones competentes? ¿Cómo se articularán EGD, CCRT, PDTL y PERTUR? ¿Qué indicadores permitirán evaluar su desempeño? ¿Y qué mecanismos garantizarán que un Ente Gestor continúe funcionando cuando cambien autoridades, funcionarios o representantes empresariales?

No son preguntas para cuestionar el modelo. Son, precisamente, las preguntas que debemos resolver para que el modelo funcione.

Construir sobre veinte años de experiencia

MINCETUR tiene hoy una oportunidad importante. El país cuenta con la experiencia de las OGD impulsadas desde comienzos de los años 2000, con el acompañamiento de diferentes organismos de cooperación; con la evolución del concepto de ente gestor dentro de los sucesivos instrumentos de política turística; con las disposiciones aprobadas en 2023; con nuevos EGD que ya empiezan a funcionar y, finalmente, con una Nueva Ley General de Turismo que reconoce expresamente esta figura.

Hay, por tanto, suficiente experiencia acumulada para no volver a comenzar desde cero.

Después de más de dos décadas vinculado profesionalmente con la gestión turística, he visto pasar planes, proyectos, mesas de trabajo, comités y diferentes mecanismos de articulación. Muchos produjeron avances importantes; otros fueron perdiendo fuerza cuando terminó un proyecto, cambió una autoridad o desapareció el financiamiento que los sostenía. Por eso considero que el principal desafío de esta nueva etapa no será constituir Entes Gestores, sino construir Entes Gestores capaces de permanecer y producir resultados.

La experiencia de las antiguas OGD nos enseñó el valor de contar con equipos profesionales y también los riesgos de depender excesivamente de la cooperación. Los CCRT nos han mostrado la importancia de la participación y, al mismo tiempo, las limitaciones de los espacios cuyos acuerdos no necesariamente se convierten en decisiones. Los primeros EGD pueden mostrarnos ahora qué aspectos funcionan bajo el nuevo modelo y cuáles requieren ajustes.

Las nuevas disposiciones tienen la posibilidad de recoger esas tres experiencias.

Si conseguimos separar adecuadamente la conducción público-privada, la gestión técnica y la administración financiera; si vinculamos el Plan de Destino con competencias y presupuestos; si garantizamos representatividad y continuidad; y si medimos los resultados obtenidos en lugar de solamente la cantidad de espacios constituidos, habremos avanzado considerablemente.

El mérito de esta nueva etapa es que ya no estamos discutiendo si el Perú necesita gestionar sus destinos. La Nueva Ley General de Turismo ha respondido esa pregunta y MINCETUR ha colocado la gestión de destinos dentro de la institucionalidad turística nacional.

La discusión que corresponde ahora es más práctica y probablemente más difícil: cómo hacemos que funcione.

Tenemos más de veinte años de experiencias para responderla. Aprovechémoslos.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Reflexiones a partir del III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo del Perú


La gobernanza turística regional en el Perú: tenemos participación, pero ¿tenemos capacidad para decidir?

Entre el 26 y el 28 de agosto de 2026 tuve la oportunidad de participar en Lima en el III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo del Perú. Más allá de las exposiciones, acuerdos y propuestas presentadas, el encuentro permitió algo particularmente valioso: escuchar directamente a representantes de diferentes regiones del país hablando sobre sus problemas, limitaciones y, sobre todo, sobre su voluntad de encontrar soluciones. Encontré funcionarios públicos comprometidos, empresarios dispuestos a participar, representantes gremiales preocupados por sus regiones y profesionales interesados en aportar.

Ese compromiso no está en discusión. Lo que debemos discutir es si la arquitectura institucional que hemos construido les permite realmente transformar esa voluntad en mejores decisiones para el turismo. Detrás de problemas aparentemente diferentes entre una región y otra —infraestructura, conectividad, promoción, formalización, inversión, capacitación, desarrollo de productos o articulación institucional— aparecen problemas estructurales que se repiten: debilidades de gestión, presupuestos insuficientes, capacidades técnicas limitadas, dificultades para convertir la planificación en inversión y espacios de gobernanza con capacidad para dialogar y proponer, pero con poca incidencia efectiva sobre las decisiones públicas.

El problema, entonces, no parece ser solamente la falta de participación, sino qué hacemos con esa participación.

Los CCRT: una buena idea frente a una limitación estructural

La Ley N.º 32392, Nueva Ley General de Turismo, mantiene a los Comités Consultivos Regionales de Turismo (CCRT) dentro de la arquitectura institucional del turismo peruano. La Ley establece que los gobiernos regionales crean sus respectivos CCRT y los concibe como espacios de consulta, coordinación y colaboración entre los actores relacionados con el desarrollo turístico regional. Además, les corresponde contribuir con la elaboración, implementación, seguimiento y evaluación del Plan Estratégico Regional de Turismo – PERTUR.

El principio es correcto: el turismo no puede ser gestionado únicamente desde el Estado. Se requiere la participación del sector público, las empresas, los gremios, los profesionales, la sociedad civil, la academia y el conocimiento especializado. Sin embargo, existe una primera limitación: el CCRT consulta, coordina, propone y participa, pero no ejecuta, y sus acuerdos no se convierten automáticamente en decisiones administrativas, presupuestales o de inversión del Gobierno Regional.

Tenemos entonces una primera paradoja de nuestra gobernanza turística: reunimos a los actores para discutir el futuro del turismo regional, pero quienes participan de esa discusión no necesariamente tienen capacidad para convertir lo acordado en decisiones públicas.

Una región administrativa no necesariamente es un destino turístico

Existe además un problema territorial. Los CCRT responden, naturalmente, a la organización político-administrativa del Estado y, por ello, deben construir una mirada regional en la que participan provincias, municipalidades e instituciones con realidades turísticas muy diferentes. Sin embargo, el turismo no funciona necesariamente siguiendo límites administrativos. Un turista no decide su recorrido pensando dónde termina una provincia y comienza otra; los destinos se estructuran alrededor de atractivos, experiencias, servicios, conectividad, accesibilidad, mercados, corredores y relaciones funcionales entre territorios.

Por eso debemos distinguir dos conceptos: una región es una unidad político-administrativa, mientras que un destino turístico es una unidad funcional. Ambas geografías no necesariamente coinciden. Dentro de una misma región podemos encontrar destinos consolidados, destinos emergentes y territorios con una actividad turística todavía limitada, cuyos problemas, mercados, infraestructura, productos y necesidades pueden ser completamente distintos.

Todos forman parte de la región y legítimamente deben participar en su desarrollo, pero no necesariamente todos gestionan el mismo destino. Esta diferencia parece evidente, pero durante mucho tiempo hemos intentado organizar la gobernanza turística principalmente alrededor de las jurisdicciones administrativas.

Participación no significa necesariamente capacidad técnica

Existe un segundo problema que considero fundamental: con frecuencia confundimos representación con conocimiento especializado. Ambos son necesarios, pero no son equivalentes. Un empresario hotelero puede conocer extraordinariamente bien la operación hotelera; un operador turístico, los mercados con los que trabaja; un guía, directamente la experiencia del visitante; y una municipalidad, determinados problemas de su territorio. Todo ese conocimiento es indispensable.

Sin embargo, gestionar estratégicamente un destino exige además comprender planificación turística, inteligencia de mercados, inversión pública, ordenamiento territorial, sostenibilidad, competitividad, patrimonio, transformación digital, desarrollo de productos, estadísticas e indicadores. Ser empresario turístico no convierte automáticamente a una persona en especialista en desarrollo turístico, del mismo modo que ocupar un cargo público relacionado con turismo tampoco garantiza necesariamente esa especialización.

Aquí encontramos una debilidad que pude percibir nuevamente durante el Encuentro. Existe mucha voluntad de solucionar los problemas, pero algunas veces existe una mirada demasiado inmediata sobre ellos. Si faltan turistas, pensamos en promoción; si falta competitividad, pensamos en capacitación; si existe un recurso turístico, queremos convertirlo inmediatamente en producto; si tenemos informalidad, pensamos en fiscalización; y si existe un atractivo deteriorado, pensamos en infraestructura.

Todas pueden ser respuestas válidas, pero antes debemos preguntarnos por qué ocurre el problema, qué evidencia tenemos, qué mercado queremos atender, cuál es la posición competitiva del destino, qué inversiones producirían realmente un cambio, quién tiene competencia para ejecutarlas, cuánto cuestan y cómo mediremos si funcionaron.

Sin diagnóstico profundo, la participación corre el riesgo de convertirse simplemente en una acumulación de opiniones. Gobernar un destino no consiste en sumar opiniones, sino en transformar conocimiento, intereses y evidencia en decisiones.



El problema de la representatividad empresarial

El sector privado es indispensable en cualquier modelo de gobernanza turística, pero tenemos que reconocer otra realidad: la asociatividad continúa siendo una debilidad del turismo peruano. No todos los gremios poseen el mismo nivel de institucionalidad, representatividad o capacidad técnica.

Esto genera una pregunta incómoda, pero necesaria: cuando una organización empresarial participa en representación del sector privado, ¿a cuántos empresarios representa realmente? La gobernanza necesita empresarios, pero necesita también organizaciones empresariales representativas, institucionalizadas y técnicamente fortalecidas. De lo contrario, podemos terminar confundiendo la presencia de representantes privados con una verdadera representación del tejido empresarial del destino.

La academia tampoco resuelve automáticamente el problema

Podríamos pensar que el vacío técnico debe ser cubierto por las universidades y, en parte, así debería ser. Sin embargo, tampoco corresponde idealizar esta participación. Existe una academia con importantes capacidades de investigación y generación de conocimiento, pero también encontramos modelos académicos alejados de la operación empresarial, de las restricciones de la gestión pública y de las dinámicas reales de los destinos.

Necesitamos academia, pero necesitamos especialmente conocimiento aplicado: profesionales capaces de entender al Estado, investigadores capaces de comprender el mercado, empresarios capaces de entender la planificación y funcionarios capaces de interpretar información y evidencia. No necesitamos simplemente tres mundos sentados alrededor de una mesa, sino que esos mundos puedan hablar un mismo lenguaje técnico.

Un actor que debe asumir mayor responsabilidad: los Colegios de Licenciados en Turismo

En esta discusión existe un actor que considero especialmente importante: los Colegios de Licenciados en Turismo. Los colegios profesionales tienen una característica particular: reúnen profesionales que trabajan simultáneamente en diferentes espacios del sector. Entre sus miembros encontramos servidores públicos, funcionarios, docentes universitarios, consultores y empresarios. Esa transversalidad puede convertirlos en un puente entre la administración pública, la academia y el mercado.

Sin embargo, tampoco debemos idealizar nuestra propia institucionalidad profesional. Las capacidades no son homogéneas en todas las regiones. Existen colegios regionales con profesionales de amplia experiencia en gestión pública, planificación y desarrollo turístico, mientras otros todavía se encuentran fortaleciendo su institucionalidad y capacidades. Precisamente por eso debemos elevar la exigencia.

Si los Colegios de Licenciados en Turismo queremos ser reconocidos como la representación profesional especializada del sector, debemos asumir también la responsabilidad que ello implica. No basta con reclamar participación; tenemos que demostrar capacidad técnica. Los colegios profesionales deberían convertirse progresivamente en uno de los principales contrapesos técnicos dentro de los espacios de gobernanza turística. Deben producir análisis, interpretar información, evaluar propuestas, acercar experiencias nacionales e internacionales y advertir cuando una decisión políticamente atractiva o empresarialmente conveniente carece de suficiente sustento técnico.

Ese espacio no se obtiene únicamente por una norma. Se gana demostrando conocimiento.

El verdadero problema: la distancia entre concertar y decidir

Llegamos entonces a lo que considero el problema central. Un CCRT puede identificar correctamente una necesidad, alcanzar un acuerdo, priorizar una intervención o recomendar una inversión. Pero finalmente quien tiene competencias administrativas, presupuesto y capacidad de ejecución continúa siendo el Gobierno Regional, los gobiernos locales u otras entidades públicas competentes.

Existe entonces una distancia importante entre concertación y decisión. Probablemente allí se encuentre una de las principales razones por las cuales muchos espacios de participación terminan concentrándose en asuntos inmediatos y operativos en lugar de discutir transformaciones estructurales.

Es más fácil acordar una feria, una campaña, una capacitación o una actividad promocional que transformar infraestructura, conectividad, planificación territorial, inversión o gestión de un destino. Los problemas estructurales requieren decisiones estructurales, y esas decisiones necesitan competencias, presupuesto y continuidad política.

La Nueva Ley plantea una respuesta: los Entes Gestores de Destino

La Nueva Ley General de Turismo introduce una figura que intenta corregir al menos uno de estos problemas: los Entes Gestores de Destino. La lógica es interesante. En lugar de organizar toda la gestión turística exclusivamente alrededor de una región administrativa, se reconoce que existen destinos turísticos que requieren sus propios espacios de articulación entre actores públicos y privados.

MINCETUR ya había avanzado en esta dirección en 2023 mediante las Disposiciones para la Gobernanza y Gestión de los Destinos Turísticos, que plantearon etapas de identificación del destino, gobernanza, modelo de gestión y planificación. La nueva Ley consolida jurídicamente esa orientación y constituye un avance conceptual importante.

Sin embargo, debemos evitar una conclusión apresurada. El Ente Gestor puede corregir la geografía de la gobernanza, pero no necesariamente corrige la gobernanza misma. Persisten preguntas sobre capacidades técnicas, representatividad, financiamiento, profesionalización y, especialmente, sobre la incidencia efectiva de sus decisiones en la planificación y en las decisiones presupuestales de gobiernos regionales y locales.

Los Entes Gestores aparecen, por tanto, como una alternativa prometedora, pero todavía deben demostrar su efectividad. Esa discusión merece un análisis propio.

No necesitamos más participación. Necesitamos mejor gobernanza

El III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo me dejó una impresión positiva sobre las personas y una preocupación profunda sobre el sistema. Tenemos funcionarios que quieren hacer, empresarios que quieren participar, profesionales que quieren aportar y regiones que quieren encontrar soluciones. Asimismo, encontramos problemas distintos en cada territorio, pero también problemas estructurales sorprendentemente similares en materia de gestión, presupuesto, capacidades, planificación, articulación y continuidad.

El desafío ahora es construir el mecanismo institucional capaz de transformar esas voluntades en decisiones técnicamente sólidas, financiables y ejecutables. Necesitamos CCRT fortalecidos para construir una mirada estratégica regional; gobiernos regionales capaces de transformar prioridades turísticas en políticas, presupuestos e inversiones; empresarios organizados y representativos; una academia conectada con el territorio; y Colegios de Licenciados en Turismo capaces de asumir su responsabilidad como referentes técnicos especializados.

La verdadera gobernanza turística no consiste simplemente en reunir al sector público, al sector privado y a la academia alrededor de una mesa. Comienza cuando esa mesa tiene información para comprender, capacidad técnica para analizar, legitimidad para priorizar e incidencia suficiente para transformar sus decisiones en resultados.

La Nueva Ley General de Turismo parece haber identificado correctamente que la región administrativa no siempre coincide con el destino turístico. Los Entes Gestores intentan corregir esa distorsión. Sin embargo, queda una pregunta que merece ser abordada por separado: ¿los Entes Gestores de Destino representan realmente una nueva gobernanza turística o corremos el riesgo de crear una nueva mesa de coordinación con las mismas debilidades que queremos solucionar?

Ese será el tema del siguiente artículo.