miércoles, 2 de septiembre de 2026

Reflexiones a partir del III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo del Perú


La gobernanza turística regional en el Perú: tenemos participación, pero ¿tenemos capacidad para decidir?

Entre el 26 y el 28 de agosto de 2026 tuve la oportunidad de participar en Lima en el III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo del Perú. Más allá de las exposiciones, acuerdos y propuestas presentadas, el encuentro permitió algo particularmente valioso: escuchar directamente a representantes de diferentes regiones del país hablando sobre sus problemas, limitaciones y, sobre todo, sobre su voluntad de encontrar soluciones. Encontré funcionarios públicos comprometidos, empresarios dispuestos a participar, representantes gremiales preocupados por sus regiones y profesionales interesados en aportar.

Ese compromiso no está en discusión. Lo que debemos discutir es si la arquitectura institucional que hemos construido les permite realmente transformar esa voluntad en mejores decisiones para el turismo. Detrás de problemas aparentemente diferentes entre una región y otra —infraestructura, conectividad, promoción, formalización, inversión, capacitación, desarrollo de productos o articulación institucional— aparecen problemas estructurales que se repiten: debilidades de gestión, presupuestos insuficientes, capacidades técnicas limitadas, dificultades para convertir la planificación en inversión y espacios de gobernanza con capacidad para dialogar y proponer, pero con poca incidencia efectiva sobre las decisiones públicas.

El problema, entonces, no parece ser solamente la falta de participación, sino qué hacemos con esa participación.

Los CCRT: una buena idea frente a una limitación estructural

La Ley N.º 32392, Nueva Ley General de Turismo, mantiene a los Comités Consultivos Regionales de Turismo (CCRT) dentro de la arquitectura institucional del turismo peruano. La Ley establece que los gobiernos regionales crean sus respectivos CCRT y los concibe como espacios de consulta, coordinación y colaboración entre los actores relacionados con el desarrollo turístico regional. Además, les corresponde contribuir con la elaboración, implementación, seguimiento y evaluación del Plan Estratégico Regional de Turismo – PERTUR.

El principio es correcto: el turismo no puede ser gestionado únicamente desde el Estado. Se requiere la participación del sector público, las empresas, los gremios, los profesionales, la sociedad civil, la academia y el conocimiento especializado. Sin embargo, existe una primera limitación: el CCRT consulta, coordina, propone y participa, pero no ejecuta, y sus acuerdos no se convierten automáticamente en decisiones administrativas, presupuestales o de inversión del Gobierno Regional.

Tenemos entonces una primera paradoja de nuestra gobernanza turística: reunimos a los actores para discutir el futuro del turismo regional, pero quienes participan de esa discusión no necesariamente tienen capacidad para convertir lo acordado en decisiones públicas.

Una región administrativa no necesariamente es un destino turístico

Existe además un problema territorial. Los CCRT responden, naturalmente, a la organización político-administrativa del Estado y, por ello, deben construir una mirada regional en la que participan provincias, municipalidades e instituciones con realidades turísticas muy diferentes. Sin embargo, el turismo no funciona necesariamente siguiendo límites administrativos. Un turista no decide su recorrido pensando dónde termina una provincia y comienza otra; los destinos se estructuran alrededor de atractivos, experiencias, servicios, conectividad, accesibilidad, mercados, corredores y relaciones funcionales entre territorios.

Por eso debemos distinguir dos conceptos: una región es una unidad político-administrativa, mientras que un destino turístico es una unidad funcional. Ambas geografías no necesariamente coinciden. Dentro de una misma región podemos encontrar destinos consolidados, destinos emergentes y territorios con una actividad turística todavía limitada, cuyos problemas, mercados, infraestructura, productos y necesidades pueden ser completamente distintos.

Todos forman parte de la región y legítimamente deben participar en su desarrollo, pero no necesariamente todos gestionan el mismo destino. Esta diferencia parece evidente, pero durante mucho tiempo hemos intentado organizar la gobernanza turística principalmente alrededor de las jurisdicciones administrativas.

Participación no significa necesariamente capacidad técnica

Existe un segundo problema que considero fundamental: con frecuencia confundimos representación con conocimiento especializado. Ambos son necesarios, pero no son equivalentes. Un empresario hotelero puede conocer extraordinariamente bien la operación hotelera; un operador turístico, los mercados con los que trabaja; un guía, directamente la experiencia del visitante; y una municipalidad, determinados problemas de su territorio. Todo ese conocimiento es indispensable.

Sin embargo, gestionar estratégicamente un destino exige además comprender planificación turística, inteligencia de mercados, inversión pública, ordenamiento territorial, sostenibilidad, competitividad, patrimonio, transformación digital, desarrollo de productos, estadísticas e indicadores. Ser empresario turístico no convierte automáticamente a una persona en especialista en desarrollo turístico, del mismo modo que ocupar un cargo público relacionado con turismo tampoco garantiza necesariamente esa especialización.

Aquí encontramos una debilidad que pude percibir nuevamente durante el Encuentro. Existe mucha voluntad de solucionar los problemas, pero algunas veces existe una mirada demasiado inmediata sobre ellos. Si faltan turistas, pensamos en promoción; si falta competitividad, pensamos en capacitación; si existe un recurso turístico, queremos convertirlo inmediatamente en producto; si tenemos informalidad, pensamos en fiscalización; y si existe un atractivo deteriorado, pensamos en infraestructura.

Todas pueden ser respuestas válidas, pero antes debemos preguntarnos por qué ocurre el problema, qué evidencia tenemos, qué mercado queremos atender, cuál es la posición competitiva del destino, qué inversiones producirían realmente un cambio, quién tiene competencia para ejecutarlas, cuánto cuestan y cómo mediremos si funcionaron.

Sin diagnóstico profundo, la participación corre el riesgo de convertirse simplemente en una acumulación de opiniones. Gobernar un destino no consiste en sumar opiniones, sino en transformar conocimiento, intereses y evidencia en decisiones.



El problema de la representatividad empresarial

El sector privado es indispensable en cualquier modelo de gobernanza turística, pero tenemos que reconocer otra realidad: la asociatividad continúa siendo una debilidad del turismo peruano. No todos los gremios poseen el mismo nivel de institucionalidad, representatividad o capacidad técnica.

Esto genera una pregunta incómoda, pero necesaria: cuando una organización empresarial participa en representación del sector privado, ¿a cuántos empresarios representa realmente? La gobernanza necesita empresarios, pero necesita también organizaciones empresariales representativas, institucionalizadas y técnicamente fortalecidas. De lo contrario, podemos terminar confundiendo la presencia de representantes privados con una verdadera representación del tejido empresarial del destino.

La academia tampoco resuelve automáticamente el problema

Podríamos pensar que el vacío técnico debe ser cubierto por las universidades y, en parte, así debería ser. Sin embargo, tampoco corresponde idealizar esta participación. Existe una academia con importantes capacidades de investigación y generación de conocimiento, pero también encontramos modelos académicos alejados de la operación empresarial, de las restricciones de la gestión pública y de las dinámicas reales de los destinos.

Necesitamos academia, pero necesitamos especialmente conocimiento aplicado: profesionales capaces de entender al Estado, investigadores capaces de comprender el mercado, empresarios capaces de entender la planificación y funcionarios capaces de interpretar información y evidencia. No necesitamos simplemente tres mundos sentados alrededor de una mesa, sino que esos mundos puedan hablar un mismo lenguaje técnico.

Un actor que debe asumir mayor responsabilidad: los Colegios de Licenciados en Turismo

En esta discusión existe un actor que considero especialmente importante: los Colegios de Licenciados en Turismo. Los colegios profesionales tienen una característica particular: reúnen profesionales que trabajan simultáneamente en diferentes espacios del sector. Entre sus miembros encontramos servidores públicos, funcionarios, docentes universitarios, consultores y empresarios. Esa transversalidad puede convertirlos en un puente entre la administración pública, la academia y el mercado.

Sin embargo, tampoco debemos idealizar nuestra propia institucionalidad profesional. Las capacidades no son homogéneas en todas las regiones. Existen colegios regionales con profesionales de amplia experiencia en gestión pública, planificación y desarrollo turístico, mientras otros todavía se encuentran fortaleciendo su institucionalidad y capacidades. Precisamente por eso debemos elevar la exigencia.

Si los Colegios de Licenciados en Turismo queremos ser reconocidos como la representación profesional especializada del sector, debemos asumir también la responsabilidad que ello implica. No basta con reclamar participación; tenemos que demostrar capacidad técnica. Los colegios profesionales deberían convertirse progresivamente en uno de los principales contrapesos técnicos dentro de los espacios de gobernanza turística. Deben producir análisis, interpretar información, evaluar propuestas, acercar experiencias nacionales e internacionales y advertir cuando una decisión políticamente atractiva o empresarialmente conveniente carece de suficiente sustento técnico.

Ese espacio no se obtiene únicamente por una norma. Se gana demostrando conocimiento.

El verdadero problema: la distancia entre concertar y decidir

Llegamos entonces a lo que considero el problema central. Un CCRT puede identificar correctamente una necesidad, alcanzar un acuerdo, priorizar una intervención o recomendar una inversión. Pero finalmente quien tiene competencias administrativas, presupuesto y capacidad de ejecución continúa siendo el Gobierno Regional, los gobiernos locales u otras entidades públicas competentes.

Existe entonces una distancia importante entre concertación y decisión. Probablemente allí se encuentre una de las principales razones por las cuales muchos espacios de participación terminan concentrándose en asuntos inmediatos y operativos en lugar de discutir transformaciones estructurales.

Es más fácil acordar una feria, una campaña, una capacitación o una actividad promocional que transformar infraestructura, conectividad, planificación territorial, inversión o gestión de un destino. Los problemas estructurales requieren decisiones estructurales, y esas decisiones necesitan competencias, presupuesto y continuidad política.

La Nueva Ley plantea una respuesta: los Entes Gestores de Destino

La Nueva Ley General de Turismo introduce una figura que intenta corregir al menos uno de estos problemas: los Entes Gestores de Destino. La lógica es interesante. En lugar de organizar toda la gestión turística exclusivamente alrededor de una región administrativa, se reconoce que existen destinos turísticos que requieren sus propios espacios de articulación entre actores públicos y privados.

MINCETUR ya había avanzado en esta dirección en 2023 mediante las Disposiciones para la Gobernanza y Gestión de los Destinos Turísticos, que plantearon etapas de identificación del destino, gobernanza, modelo de gestión y planificación. La nueva Ley consolida jurídicamente esa orientación y constituye un avance conceptual importante.

Sin embargo, debemos evitar una conclusión apresurada. El Ente Gestor puede corregir la geografía de la gobernanza, pero no necesariamente corrige la gobernanza misma. Persisten preguntas sobre capacidades técnicas, representatividad, financiamiento, profesionalización y, especialmente, sobre la incidencia efectiva de sus decisiones en la planificación y en las decisiones presupuestales de gobiernos regionales y locales.

Los Entes Gestores aparecen, por tanto, como una alternativa prometedora, pero todavía deben demostrar su efectividad. Esa discusión merece un análisis propio.

No necesitamos más participación. Necesitamos mejor gobernanza

El III Encuentro de Consejos Consultivos Regionales de Turismo me dejó una impresión positiva sobre las personas y una preocupación profunda sobre el sistema. Tenemos funcionarios que quieren hacer, empresarios que quieren participar, profesionales que quieren aportar y regiones que quieren encontrar soluciones. Asimismo, encontramos problemas distintos en cada territorio, pero también problemas estructurales sorprendentemente similares en materia de gestión, presupuesto, capacidades, planificación, articulación y continuidad.

El desafío ahora es construir el mecanismo institucional capaz de transformar esas voluntades en decisiones técnicamente sólidas, financiables y ejecutables. Necesitamos CCRT fortalecidos para construir una mirada estratégica regional; gobiernos regionales capaces de transformar prioridades turísticas en políticas, presupuestos e inversiones; empresarios organizados y representativos; una academia conectada con el territorio; y Colegios de Licenciados en Turismo capaces de asumir su responsabilidad como referentes técnicos especializados.

La verdadera gobernanza turística no consiste simplemente en reunir al sector público, al sector privado y a la academia alrededor de una mesa. Comienza cuando esa mesa tiene información para comprender, capacidad técnica para analizar, legitimidad para priorizar e incidencia suficiente para transformar sus decisiones en resultados.

La Nueva Ley General de Turismo parece haber identificado correctamente que la región administrativa no siempre coincide con el destino turístico. Los Entes Gestores intentan corregir esa distorsión. Sin embargo, queda una pregunta que merece ser abordada por separado: ¿los Entes Gestores de Destino representan realmente una nueva gobernanza turística o corremos el riesgo de crear una nueva mesa de coordinación con las mismas debilidades que queremos solucionar?

Ese será el tema del siguiente artículo.

martes, 28 de julio de 2026

El turismo que tenemos y el turismo que necesitamos


Resumen

El turismo peruano posee una de las mayores ventajas competitivas del mundo gracias a su patrimonio cultural, biodiversidad, gastronomía y diversidad geográfica. Sin embargo, su desarrollo continúa limitado por problemas estructurales que trascienden la promoción turística y afectan directamente la competitividad de los destinos.
El principal problema identificado es la ausencia de una política pública integral de gestión de destinos, donde las competencias se encuentran dispersas entre diversas entidades sin una adecuada articulación nacional, regional y local. Esto ha generado inversiones públicas poco efectivas, escasa innovación, alta concentración territorial del turismo y una pérdida progresiva de competitividad.

Los principales hallazgos del diagnóstico son:
Conectividad aérea insuficiente, con una excesiva dependencia de Lima y escasos vuelos interregionales que permitan desarrollar nuevos circuitos turísticos, especialmente en el norte y la Amazonía.
Infraestructura aeroportuaria limitada, tanto en equipamiento como en capacidad para recibir vuelos nacionales e internacionales, sumado a restricciones regulatorias y acuerdos bilaterales que dificultan el ingreso de nuevas aerolíneas.
Concentración del turismo en el circuito sur, principalmente alrededor de Cusco, Machu Picchu, Arequipa, Puno y Madre de Dios, dejando gran parte del territorio nacional fuera de los beneficios económicos del turismo.
Escasa innovación y desarrollo de productos turísticos, debido a la falta de incentivos que permitan al sector privado invertir en nuevas experiencias vinculadas al ecoturismo, turismo rural, aventura, naturaleza y turismo comunitario.
Altos niveles de informalidad, que afectan la competitividad, reducen la recaudación tributaria y, sobre todo, ponen en riesgo la seguridad e integridad de los turistas por el incumplimiento de estándares mínimos de operación.
Debilidad de la planificación turística, luego de perder continuidad el Plan Maestro desarrollado con la cooperación japonesa (JICA), siendo reemplazado por instrumentos como el PENTUR y los PERTUR que, en muchos casos, no lograron convertirse en verdaderas herramientas de gestión territorial.
Descentralización incompleta, donde se transfirieron competencias a gobiernos regionales sin desarrollar simultáneamente capacidades técnicas, recursos humanos especializados ni mecanismos efectivos de coordinación.
Deficiencias en la inversión pública, caracterizadas por proyectos mal formulados, infraestructura sin gestión posterior, baja articulación territorial y limitada evaluación de resultados.
Gestión municipal insuficiente del espacio público, donde aspectos como limpieza pública, ornato, residuos sólidos, señalización, iluminación y recuperación urbana no forman parte de una estrategia nacional de competitividad turística.
Abandono de destinos emergentes, que, pese a contar con importantes recursos turísticos, no reciben asistencia técnica, capacitación, financiamiento ni acompañamiento para transformarse en productos comercializables.
Gestión del patrimonio cultural con limitada visión turística, predominando un enfoque de conservación sin una adecuada integración con la experiencia del visitante y la competitividad de los destinos. Machu Picchu constituye el ejemplo más evidente de esta problemática.
Debilitamiento de la formación del capital humano, debido a que CENFOTUR no cumple plenamente el rol de institución pública nacional de capacitación permanente para destinos emergentes, concentrando buena parte de sus actividades en servicios financiados mediante convenios o recursos externos.
Escasa articulación con la academia, desaprovechando el conocimiento generado por universidades, colegios profesionales y centros especializados para fortalecer la formulación de políticas públicas.
En conjunto, estos factores explican por qué el Perú, a pesar de contar con una de las mayores riquezas turísticas de Sudamérica, aún no logra convertir ese potencial en un sistema turístico competitivo, descentralizado y sostenible.


Este borrador podría ser la base para elaborar un "Diagnóstico de la situación del turismo en el Perú" 

1. Introducción
El turismo representa una actividad estratégica para el desarrollo económico y social del Perú. Su capacidad para generar empleo, dinamizar economías locales, promover la conservación del patrimonio y reducir desigualdades territoriales lo convierten en un sector prioritario.
No obstante, el crecimiento del turismo peruano ha estado sustentado principalmente en el extraordinario atractivo de sus recursos naturales y culturales, más que en una política pública moderna de gestión de destinos.
Actualmente existen importantes brechas institucionales que limitan la competitividad del sector y dificultan el aprovechamiento del enorme potencial turístico nacional.
2. Infraestructura y conectividad aérea
La conectividad aérea continúa siendo uno de los principales cuellos de botella para el desarrollo turístico nacional.
El modelo actual concentra la mayor parte de los vuelos en Lima, obligando a realizar conexiones innecesarias entre destinos que podrían integrarse directamente mediante rutas interregionales.
Entre los principales problemas destacan:
escasa conectividad aérea interregional;
ausencia de corredores turísticos aéreos;
limitada infraestructura aeroportuaria;
deficiente equipamiento operativo;
restricciones para recibir nuevas aerolíneas internacionales;
necesidad de revisar acuerdos bilaterales y políticas de cielos abiertos.
La conectividad debe dejar de entenderse únicamente como infraestructura aeroportuaria y pasar a formar parte de una estrategia nacional de corredores turísticos.
3. Innovación y desarrollo de productos turísticos
El turismo peruano continúa concentrándose en pocos destinos tradicionales.
La innovación en productos turísticos es limitada y existen pocos incentivos para que el sector privado desarrolle nuevas experiencias orientadas al ecoturismo, naturaleza, turismo rural, turismo comunitario, aventura o turismo científico.
El Estado no debe crear productos turísticos, pero sí generar condiciones favorables mediante:
incentivos tributarios;
fondos concursables;
simplificación administrativa;
asistencia técnica;
acceso a financiamiento;
inteligencia de mercados;
promoción segmentada.
4. Informalidad y seguridad turística
La informalidad continúa siendo uno de los principales obstáculos para la competitividad.
Sus efectos trascienden la evasión tributaria y afectan directamente:
la seguridad del visitante;
la calidad del servicio;
la reputación del destino;
la competencia empresarial.
La política pública debe combinar incentivos para la formalización con una fiscalización efectiva y sanciones frente a operaciones que pongan en riesgo la vida y seguridad de los turistas.
5. Planificación turística y gobernanza
Tras el Plan Maestro de Turismo desarrollado con apoyo de JICA, el país perdió continuidad en la planificación estratégica.
Los PENTUR y PERTUR, aunque conceptualmente importantes, no lograron consolidarse como instrumentos efectivos de gestión territorial.
La descentralización transfirió funciones, pero no fortaleció capacidades técnicas, financiamiento ni mecanismos de coordinación entre niveles de gobierno.
6. Inversión pública y capacidad institucional
La inversión pública presenta problemas recurrentes:
proyectos deficientemente formulados;
infraestructura sin mantenimiento;
intervenciones aisladas;
baja evaluación de resultados;
escasa relación entre inversión y competitividad.
A ello se suma un crecimiento de estructuras administrativas sin un fortalecimiento equivalente de especialistas en planificación turística, gestión de destinos, formulación de proyectos e inteligencia de mercados.
7. Gestión territorial, limpieza pública y competitividad de los destinos
La competitividad turística también depende del estado del espacio público.
Actualmente no existe una política nacional que articule turismo con las competencias municipales relacionadas con:
limpieza pública;
ornato;
manejo de residuos sólidos;
áreas verdes;
señalización;
iluminación;
movilidad peatonal;
seguridad ciudadana.
Muchos distritos y centros poblados con potencial turístico han sido identificados mediante inventarios, pero posteriormente no reciben:
asistencia técnica;
recursos económicos;
capacitación;
fortalecimiento institucional;
acompañamiento empresarial.
En diversos corredores turísticos, especialmente del norte peruano, la acumulación de residuos sólidos en carreteras, playas y miradores deteriora la imagen del destino y desincentiva su comercialización por parte de operadores turísticos.
8. Gestión del patrimonio cultural
El patrimonio arqueológico constituye una ventaja competitiva extraordinaria.
Sin embargo, la gestión continúa centrándose principalmente en criterios de conservación, dejando en segundo plano la experiencia turística y la competitividad de los destinos.
La limitada articulación entre el Ministerio de Cultura y el MINCETUR dificulta:
el uso turístico sostenible;
la planificación de visitantes;
la interpretación patrimonial;
la diversificación de experiencias.
Machu Picchu representa el caso más visible de esta problemática. Si el principal atractivo turístico nacional enfrenta dificultades de gestión, es razonable asumir que la situación resulta aún más compleja en numerosos sitios arqueológicos con menor capacidad institucional.
9. Formación del capital humano
El fortalecimiento de capacidades constituye uno de los pilares del desarrollo turístico.
Sin embargo, CENFOTUR no viene desempeñando plenamente el papel de una institución pública nacional dedicada a capacitar permanentemente a los destinos turísticos emergentes.
Gran parte de sus intervenciones dependen de convenios, consultorías o financiamiento externo, limitando su cobertura territorial.
Como consecuencia, numerosos destinos carecen de programas permanentes dirigidos a:
emprendedores;
comunidades rurales;
gobiernos locales;
operadores turísticos;
hospedajes;
restaurantes;
guías locales;
personal operativo y mandos medios.
La capacitación debe convertirse en una política pública permanente, priorizando los destinos emergentes y fortaleciendo la calidad del servicio.
10. Academia e investigación
La formulación de políticas públicas ha ido reduciendo progresivamente la participación de:
universidades;
centros de investigación;
colegios profesionales;
especialistas independientes.
Esto ha favorecido la elaboración de numerosos documentos de gestión con escasa aplicación práctica y limitado respaldo técnico.
El fortalecimiento del turismo requiere incorporar nuevamente a la academia como parte permanente del sistema nacional de innovación turística.
11. Financiamiento del turismo
El Perú cuenta con el Impuesto Extraordinario para la Promoción y Desarrollo Turístico Nacional, creado por la Ley N.º 27889, que grava con US$15 el ingreso al país por vía aérea internacional.
Estos recursos financian acciones de promoción turística e inversiones a cargo de PROMPERÚ y de la Unidad Ejecutora de Inversión en Comercio Exterior y Turismo (antes Proyecto Especial Plan COPESCO).
Resulta necesario evaluar si la distribución y utilización de estos recursos ha contribuido efectivamente a mejorar la competitividad de los destinos y diversificar la oferta turística nacional.
Conclusión
El principal problema del turismo peruano no radica en la falta de atractivos, patrimonio o presupuesto. El país posee recursos excepcionales y un posicionamiento internacional privilegiado.
La principal debilidad es la fragmentación de la gestión pública del turismo. Las políticas, inversiones y competencias se encuentran dispersas entre múltiples instituciones, sin una visión integrada de desarrollo de destinos.
Superar esta situación exige una reforma orientada a fortalecer la gobernanza, modernizar la planificación, mejorar la conectividad, impulsar la innovación empresarial, profesionalizar el capital humano y convertir la competitividad territorial en el eje central de la política turística nacional.

Oscar Gamarra Dominguez 
Licenciado en Turismo y Hotelería